retrato de un obrero ante el espejo



El hombre dejó el periódico sobre la mesa. Ayer dos obreros muertos en accidente laboral. ¿Cuántas veces ha leído una noticia similar? ¿Cuántas durante todos estos años de trabajo?
El hombre observa su cuerpo desnudo ante el espejo. Su cuerpo de obrero. Este ha ido perdiendo la fibrosidad de antaño, y una ligera flacidez se apropia de su territorio físico. Al hombre no le importa, son otras marcas las que le hacen observarse en silencio: En el bajo vientre, en la ingle, en la parte izquierda de su cuerpo, una cicatriz busca escondite entre el vello púbico. Tenía 23 años, cuando durante el montaje de una torre metálica se provocó una hernia inguinal. Todavía puede oír la voz del capataz: ¡Tira!
¡Tira fuerte, coño! Ya lo creo que tire fuerte, piensa el obrero. De no haber existido la cirugía, en su vida posterior al accidente habría poco que contar, pasar el resto de su vida fajado, con el miedo constante del estrangulamiento de la hernia en cualquier momento, y el dolor permanente.

Pero aquel no fue su primer accidente laboral, ya había habido otros. El más grave, aunque sin consecuencias para él, fue aquella vez en Asturias, donde la rotura de la tabla de un andamio dio con él y con sus cuatro compañeros contra el suelo. Uno de ellos se rompió la muñeca, y se abrió una brecha de diez centímetros en la cabeza. Estaban en una sierra a nueve kilómetros de la carretera rural asfaltada más cercana, y a veintitrés kilómetros del hospital más cercano. De haber sido más grave las consecuencias de la caída, aquel día hubiera muerto alguien. Otro obrero.

Luego vendrían otros accidentes, algunos sin consecuencias, y otros con ellas. Su imagen reflejada también muestra los dos dedos que se partió trabajando. Uno en una máquina de embalar, y el otro resbalando en un tejado. También otro dedo le quedó deformado ligeramente como consecuencia del trabajo monótono y rutinario de una cadena de montaje.
Sus manos también muestran la infinidad de pequeñas cicatrices que las cubren, provocadas por herramientas, cristales, perfiles metálicos, etc.
El obrero se pregunta que otras lesiones que a simple vista no se ven, le acechan desde dentro. ¿La columna tal vez? ¿O los años que pasó expuesto a las radiaciones de radiofrecuencia? Ya se verá, piensa.

También se acuerda de los accidentes que vio a su alrededor. No fueron pocos. Recuerda a aquel amigo que se precipitó desde 14 metros al suelo, justo a su lado. Sobrevivió, pero quedó inválido para toda su vida. O aquel otro que rindió dos dedos de una mano en una fresadora. O el soldador que se mató en una obra al precipitarse desde el tejado.
Son solo algunos ejemplos. Ha habido más, muchos más. El obrero piensa que ha sido testigo de muchos accidentes laborales, y en algunos de ellos fue protagonista indiscutible.

Parece cosa de broma, pero no lo es. Muchas personas se van de sus casas por la mañana al trabajo para no volver nunca: El trabajo mata. Se dice a si mismo, y vuelve a pensar que sin los avances médicos mataría mucho más. Esto último no lo piensa como una bendición, o un alivio, sino que le hace ser consciente de cómo se juega la vida a diario, de la fragilidad de su existencia, puesta esta en juego por algo tan miserable como un sueldo.
Le da por pensar, que en otro tiempo no habría llegado a cumplir los años que tiene ahora. Y se da cuenta de que lleva una vida de esclavo. De que nunca llegará a cumplir ninguno de esos sueños que siempre tuvo, por la sencilla razón de que no dispone de tiempo para ello, porque su tiempo hipotecado lo condena a entrar en una rueda eterna, que no parará ni siquiera con su muerte, ya que su puesto será ocupado por otro esclavo.

El obrero-esclavo piensa en lo inútil de su existencia. Sus pocos conocimientos del mundo le dan para comprender que este se divide en esclavo y señores, aunque no alcanza a entender por que ocurre así. Desde el principio de los tiempos. A veces piensa que todo su mundo podría cambiar, una esperanza le brota de dentro, y le dan ganas de contárselo a todos, pero enseguida que los ve se da cuenta de que no serviría de nada, que la resignación que baña a sus compañeros, es la misma que le cubre a él, entonces vuelve a su trabajo cabizbajo y silencioso, esperando que acabe su jornada para volver a la tragicomedia que llama hogar.
Algunas veces se le pasa por la cabeza un pensamiento: ¿Por qué no se mató en algunos de esos accidentes? Para dejar de sufrir, para dejar de ser un esclavo, para no ver como sus hijos se acabaran convirtiendo en lo mismo que él: Un reflejo torturado frente al espejo.


El reverendo Yorick.

2 comentarios:

DIEGO dijo...

En esa foto. ...si en esa foto, uno de esos tantos y tantos dias de curro juntos en los que aun nos quedaba un rato para reirnos aunque fuera de nosotros mismos. Un abrazo muy fuerte amigo de este asturiano que llenaste de buenos momentos con el simple regalo de tu amistad.

DIEGO dijo...

En esa foto. ...si en esa foto, uno de esos tantos y tantos dias de curro juntos en los que aun nos quedaba un rato para reirnos aunque fuera de nosotros mismos. Un abrazo muy fuerte amigo de este asturiano que llenaste de buenos momentos con el simple regalo de tu amistad.