LA POLÍTICA DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN


La política de los Medios de Comunicación

El periodismo es un infierno, un abismo de
iniquidades, de mentiras y traiciones, que no
se puede atravesar y del que no se puede salir
puro, a no ser protegido, como Dante, por el
divino laurel de Virgilio
Balzac

La prensa es el mejor instrumento para
instruir a los pueblos, pero mientras esté
en manos de bandidos políticos y ladrones
banqueros, sólo servirá para perturbarlos
E. Zola

Estamos asistiendo en los últimos tiempos a una degradación de la política y de la sociedad en general que resulta preocupante y al mismo tiempo patética. Los que se erigen en nuestros representantes están cayendo tan bajo que resulta incomprensible que todavía no se hayan ido todos a su casa a esconder sus vergüenzas.

Todos sabemos —al menos íntimamente— que desde hace ya mucho tiempo los políticos tienen muy poco margen de maniobra. La poca que le deja el Capital y las multinacionales, sus principales representantes, que son los que realmente rigen los destinos de la humanidad, mediante procedimientos por lo general fraudulentos. El título del libro de Juan Hernández Vigueras, El casino que nos gobierna. Trampas y juegos financieros a lo claro, es ya de por sí bastante significativo.

No parece ocioso traer aquí un contundente fragmento de la obra de Girolamo Vida, sobre los gobiernos, las leyes y otras especies parecidas: «¿Para qué sirven las leyes? Para constituir la servidumbre, que lo sabios califican de peor que la muerte; para obligarnos a vivir bajo el dominio ajeno; para darnos una naturaleza artificial y rebelarnos contra nosotros mismos; para convertirnos, no en mejores, sino en más astutos; para enseñarnos, no la justicia, sino el arte del litigio... ¿Habéis visto acaso alguna vez una sola agrupación de hombres en que se cumpla la justicia y en que se retribuya a cada cual según su mérito? Si el sabio vive con el cuerpo entre la multitud, con el pensamiento huye de la sociedad. Y ¿cómo surgen los estados? Con latrocinios, con usurpaciones, con invasiones; y viven oprimiendo a unas multitud innumerable de operarios y domésticos, no ciudadanos, sino esclavos, a quienes se prohíbe como delito lo que constituye las delicias de sus señores... ¡Feliz la edad en que no había leyes, ni plebiscitos, ni ficciones, ni fraudes, ni impuestos, ni avaricia, ni ambición, ni gloria, ni ricos, ni pobres, ni asedios, ni estragos, ni guerras, ni revoluciones! Libertémonos de esta sociedad corrompida y perversa, y que la justicia descienda sobre la tierra por segunda vez» (Dialogi de rei publicae dignitate, Cremona, 1556).

La degradación de la política ha tenido otra consecuencia más; en este caso mucho más divertida a juzgar por la influencia cada vez creciente de los medios de formación de masas, tanto escritos como audiovisuales. El circo mediático ha alcanzado posiblemente un clímax que será difícil de superar.
Pero lo más significativo es que las grandes empresas de la información de este país han cubierto todo el espectro político, desde la ultraderecha a la ultraizquierda. Para ello han diseñado muy cuidadosamente diversas plataformas para recoger todo el ruido posible en este amplio espectro, lo cual nos indica que lo que realmente les interesa no es la información, sino hacer caja. ¡Y a fe mía que lo consiguen!

El director de cine Peter Watkins puso ya de relieve el método que se empleaba, especialmente en los medios audiovisuales y cinematográficos y al cual llamó la Monoforma: «Para quienes me lean por primera vez: la Monoforma es el dispositivo narrativo interno (montaje, estructura narrativa, etcétera) que utilizan la televisión y el cine comercial para presentar sus mensajes. Se trata del bombardeo de imágenes y sonidos, altamente comprimido y editado a un ritmo acelerado, que compone la estructura, en apariencia fluida pero sumamente fragmentada, que tan bien conocemos todos, (La Crisis de los Medios, 2017, p. 47, el subrayado es del autor).

Y en lo que respecta a los debates, afirmaba: «Los «talleres» y los «debates» suelen organizarse al más puro estilo Monoforma. Son como relucientes paquetes vacíos que pasan a toda velocidad en una cinta transportadora: veinte minutos de extractos de una película, veinte minutos de preguntas y respuestas con el público y... siguiente director: veinte minutos de extractos, etcétera. Lo que quiere decir que, si por una improbable casualidad, llegara a tocarse el tema de la crisis de los medios, la vida de dicho tema sería tan efímera como la del insecto del mismo nombre, (La Crisis de los Medios, 2017, p. 106).

Toda persona medianamente avisada se da cuenta inmediatamente que la discusión política ha abandonado el Parlamento para refugiarse en los platós de televisión. Pero en vano buscaríamos en esos debates televisados la discusión sobre ideas; a lo que asistimos, por regla general, es a un griterío formado por acusaciones, descalificaciones, insultos, etc. Eso mismo sucede en el Parlamento, donde las ideas han huido espantadas ante el guirigay que cotidianamente se produce en el hemiciclo. Pero lo curioso del caso es que aquellos que se insultaban y se descalificaban mutuamente en el interior, en cuanto salen al exterior son tan amigos e incluso se abrazan entre ellos. ¡Cómo nos toman el pelo!

Pero, ¿seguirá votando la gente a estos impresentables?; lo más probable es que sí, pero, por qué. Este es un tema que necesita mucha reflexión, porque resulta muy misterioso. Misterio que comparado con el de la santísima trinidad, deja a éste último en porreta.

Gimeno

EL CRUCERO DE LA CHATARRA RODANTE


EL CRUCERO DE LA CHATARRA RODANTE
FRANCIS SCOTT FITZGERALD

24 septiembre de 1896. SAINT PAUL. Minnesota. Estados Unidos
21 diciembre de 1940. HOLLYWOOD. Los Ángeles. Estados Unidos


         -Un sol cálido. Les daremos una sorpresa a tus padres. No les escribiremos avisando que vamos para allá, y así, dentro de unas semanas, podemos frenar delante de la puerta de su casa y decir que, como en Conneticut no encontrábamos comida, hemos decidido bajar hasta allí y zamparnos unos gall…
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         -¿Quiere decir que piensan ir con esta Chatarra Rodante a un sitio que está a una semana de camino?
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         Miramos el mapa de la marca de semillas, pero cuando comprobamos que Trenton se encontraba sepultado por las palabras “More Power Seeds”, le tiramos el mapa a un cerdo que trotaba animosamente camino de Princenton, evidentemente dispuesto a ingresar en el primer curso de alguna facultad.
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         Tras un período dolorosísimo e interminable de traqueteo furioso, el coche, o la pieza suelta del coche en la que seguíamos sentados, siguió avanzando con frenéticas sacudidas a un a velocidad de treinta kilómetros por hora; intenté usar el freno de mano, pero se negó a funcionar.  Por fin lo comprendí: la mitad trasera del coche se arrastraba por la calzada. (…)
         -Se le saltó la rueda, ¿eh?
         -¡Caray! ¡Mira el coche, está torcido!
         -Sí. Se le saltó.
         -¿Ah, sí?    
         -¿Y la rueda dónde está?
         -Se le saltó. (…)
         -Yo la he visto pasar. Era cosa de ver. ¡Caray!
         -Y le he dicho a Morgan: “Mi puta madre, ¿ves lo que yo veo?. Una rueda”. Y Morgan me ha contestado: “Qué va”. Y yo le he dicho: “Que te digo que sí. Una rueda. Sola”.
         ¿Qué ha pasado? ¿Sele saltó?
         -Sí.
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         El sol estaba aquí como en su casa, y rozaba con cariño las desmoronadas ruinas de cosas antaño adorables.
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         A ruegos del agente, detuve el coche.
         -¡Bien! –dijo él con expresión feroz. (…)
         -Conque yendo a cien kilómetros por hora ¿eh?
         En lugar de corregirle, me limité a enarcar horrorizado las cejas, y exclamé en son de reproche, como si apenas pudiese dar crédito a mis oídos:
         -¿Cien kilómetros por hora?
         -¡Cien kilómetros por hora! –me imitó él-. Dé media vuelta y sígame a la comisaría. (…)
         Si noquiere regresar a comisaría conmigo, demos los cinco dólares a mí, que ya me encargaré de hacérselos llegar al juez.
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         Dejamos la Chatarra Rodante en el médico para que le hiciera un examen a fondo, y comimos en un restaurante griego, en donde una guapa espartana nos sirvió un pastel para celebrar el cumpleaños de Zelda.
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         -Mi casa está cerrada –dijo Zelda en tono tenso-. ¿Qué ocurre?
         -Nada –exclamó amablemente sorprendida la mujer-. Nada. El Juez y Mrs. Sayre salieron el domingo por la noche hacia Connecticut. Querían daros una sorpresa. Caray +, Zelda, criatura, no me digas que has bajado todo ese camino en automóvil…
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         MI afecto te acompaña Chatarra Rodante, te acompaña a ti y a todos los cacharros que iluminaron mi juventud y se deslizaron cargados de promesas o de esperanzas por todas las carreteras que he recorrido, unas carreteras que todavía discurren, menos blancas, menos deslumbrantes, bajo las estrellas y los truenos y el recurrente e inevitable sol.
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EL BOBO DE KORIA (RECOPILADOR)


EL CABALLO NEGRO


EL CABALLO NEGRO
BORIS SÁVINKOV

1897, JÁRKOV. Ucrania.
1925, MOSCÚ


         Sigo el camino de la vida
         Como un caballo desbocado.
         B. SÁBINKOV
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         …fue el autor intelectual de dos magnicidios que constituyeron el “principio del fin”, el ocaso del régimen zarista: el del ministro de Interior Viacheslav von Plehve, en 1904, y, un años después, el del gran duque Serguéi Románov, suceso que inspiró Los justos de Albert Camus.

         “Estamos todos condenados. Lo importante es salir dando un gran portazo, lo suficientemente fuerte como para que el estruendo quede grabado en la memoria de la Humanidad”.

         “¿A qué me dedicaría si no fuera terrorista? No lo sé, no puedo responder a esta pregunta. Pero algo he aprendido de las experiencias difíciles: no tengo interés alguno en una existencia pacífica”.
(De la Introducción de Marta Rebón y Ferran  Mateo)
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         No me importa quién ostente el poder en el país: si la Cheká bolchevique o la Ojrana zarista. Después de todo, se recoge lo que se siembra. ¿Qué ha cambiado? Nada, salvo los nombres. ¿Hay que blandir la espada por tanta vanidad?
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         Los animales salvajes matan cuando los atormenta el hambre, pero el hombre mata por cansancio, por pereza, por aburrimiento. Así es la vida.
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         Y para los obreros de Rusia
habrá de llegar el día en que
disparen a Trotsky y Lenin      
y a toda la escoria.        

         (De una canción)
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         Estamos hechos de la misma pasta. Peleamos entre nosotros, pero la población maldice por igual tanto a los Blancos como a los Rojos.
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         Sales a la calle, por ejemplo a las cuatro de la tarde, y vaya hervidero de gente, la vida humea: paseos en carruajes, prostitutas, especuladores, comisarios… Exactamente igual que antes de la guerra, en tiempos del zar. Este, justamente este, es el poder de los obreros. No huele a comunismo ni por asomo.

EL BOBO DE KORIA (RECOPILADOR)

MUERTE EN ZAMORA


MUERTE EN ZAMORA
RAMÓN SENDER BARAYÓN   (Hijo de Ramón J. Sender)

29 octubre de 1934. MADRID


         A la muerte de Ramón J. Sender, pensaba yo que todos los horribles secretos de su vida y la mía quedarían enterrados para siempre. ¿Qué le había sucedido a su primera mujer, mi madre? ¿Cómo había muerto? ¿Por qué se la llevaron? ¿Quién la mató? (…)
         Una y otra vez le rogué a mi padre que me diera detalles de la muerte de mi madre, Amparo Barayón, pero ninguno de mis esfuerzos dio fruto.
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         Amparo fue fusilada el 11 de octubre de 1936 por un tal Segundo Vilora. Dos de sus hermanos habían sido ejecutados unas semanas antes y sus cuerpos no llegaron a recuperarse
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         FELISA: “También quiero decir que Amparo era católica de la cabeza a los pies. De misa y comunión diarias. Amparo era la mano derecha del párroco”.
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         En sus ratos libres Amparo iba a los cines de la Gran Vía y también a los conciertos del Ateneo. Allí entabló amistad con muchos artistas y músicos. Una noche oyó al joven novelista Ramón J. Sender leer unos fragmentos de su recién publicada novela Imán. Pero era demasiado tímida para acercársele y presentarse.
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         En octubre de 1930 él comenzó a publicar una columna en Solidaridad Obrera, el diario de la CNT.
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         -Y ahora, ¿a dónde vas? –preguntó Pepe. (a Amparo)
         -A casa, a mi pisito –dijo ella-. Tengo que acostarme porque mañana tengo que levantarme temprano para ir a misa y confesarme.
         -¿A confesarte? Los hombres estaban atónitos, con la boca abierta.
         -Sí, por lo de la bomba. Pero no pienso decirle al cura ni dónde ni cuando. Si me absuelve, estupendo, si no, peor para él. Mi conciencia está limpia.
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         “Yo fui el último que vio a Amparito viva. Estaba también en la cárcel, y mi trabajo era estar en el despacho donde apuntaba a los prisioneros que entraban y salían. Estaba allí cuando llevaron a Amparito camino del cementerio. Dijo: “estos últimos momentos de mi vida se los dedico a la memoria de mis niños”. ¡Ésas fueron sus palabras exactas!”
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         “En la provincia de Zamora asesinaron a más de seis mil personas, seiscientas de ellas mujeres. Aparecían cadáveres por las carreteras, por los prados, debajo de los árboles y de los matorrales. A algunos los dejaban tal y como caían, a otros, que yacían en tumbas cavadas de prisa, poco profundas, los desenterraban las alimañas”.
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         Así que mi padre había sido infiel mientras Amparo estaba en la cárcel. Todos aquellos meses que Amparo había pasado durmiendo en el suelo de la abarrotada celda, él había estado gozando una vida de soltero despreocupado en Madrid y escribiendo sus importantes comunicados desde el frente, cualquiera de los cuales pudiera haber sellado la suerte de mi madre si hubiera caído en manos de los fascistas. Aunque comprendía que su necesidad de desahogo sexual era natural, aquello me dejaba muy mal sabor de boca.
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         Entre las respuestas a la carta que escribí a El País solicitando información, recibí una de un hombre que había formado parte del batallón de choque de Comuna de Madrid, bajo el mando de mi padre. Recordaba que había visto a Sender el 7 de noviembre de 1936 en las líneas de defensa del río Manzanares. Él pone en duda las palabras de Líster cuando éste afirma que “terminó su carrera militar”.
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         Llegó su padre a las nueve de la noche con su flamante uniforme nuevo de comandante, y a los que íbamos a ser su capitán ayudante y su comisario político nos manifestó su creencia de que Madrid caería en cuarenta y ocho horas, por no tener nada que hacer frente al ejército de Franco, y (por esto le escribo la presente) nos contó que su esposa e hijos habían sido matados por los fascistas ya que estaban en la zona rebelde y él había tenido noticia de ello. Le habían cortado el pelo al cero, le habían administrado aceite de ricino y luego fusilado por ser la mujer de Sender.
         Su padre no quiere contarles nada porque (y es triste decírselo a usted) en aquellos momentos se portó como un cobarde; tenía un miedo espantoso a morir, y vencido por el terror, aquella noche desapareció y nos quedamos sin comandante”.
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EL BOBO DE KORIA (RECOPILADOR)


LA REINA DE PARAMARIBO


LA REINA DE PARAMARIBO
CLARK ACCORD

6 marzo de 1961. PARAMARIBO. Surinam
11 mayo de 2011. ÁMSTERDAM. Países Bajos

MAX LINDER:
23 mayo de 1902. Paramaribo
14 enero de 1981. Paramaribo


         A pesar de los años su voz no había perdido ni un ápice de su fuerza, conservaba intacto su repertorio de insultos y palabrotas: más de unos genitales maternos pagaban con creces los platos rotos. Resultaba asombroso comprobar cuántas maneras diferentes de designar una misma parte del cuerpo era capaz de imaginar una persona.
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         Ataviada con un pantalón vaquero, camisa y chaleco de cuero, Wilhelmina se había convertido en el centro de atención. En lugar del sobrerito de paja lucía un sombrero vaquero, yen la cadera, unas pistoleras. (…)
         Wilhelmina proclamaba a los cuatro vientos que estaba enamorada del brillante actor (Max I. Linder) noruego: el sería el único hombre capaz de domarla.
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         -Marius, me gustas, pero no te hagas ilusiones. Te lo diré muy claro: para mí, un hombre vale el dinero que lleva en el bolsillo. Y me refiero a mucho dinero. La única vez que un muerto de hambre me poseyó fue a la fuerza.
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         -¿Así que esas historias que se cuentan de ti no son simples invenciones? –jadeó él, que a duras penas conseguía mantenerse a su altura.
         -¿Qué soy una motyo? Nunca lo he negado.
         -¿Así que eres una puta…?
         -Sí. ¿Quieres que te lo deletree?
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         Bka-iri se había instalado en su taburete de perfil a las mesas. Según ella, así realzaba más el gigantesco culo, su mejor reclamo. La tela barata del vestido floreado que lucía se tensaba alrededor de sus nalgas.
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         -Antes de que me olvide. En cuanto a la tarifa: didon, (misionero) dos florines con cincuenta, afu skoinsi (de lado) un florín con cincuenta, y bak´pun (por detrás) un florín. (…)
         Siempre comento las tarifas por adelantado. Así, luego no hay malentendidos, queridito –explicó Maxi mientras le acariciaba la cara con el cigarro.
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         Es una lástima que prive usted a su hijo de un buen futuro. Nole impida aprovechar todo lo que le ofrece la vida –casi suplicó Maxi.
         Mary la miró, asustada.
         -Aunque enviara a Emanuel a la escuela, ni siquiera tendría dinero para comprarle libros.
         -Eso tiene arreglo. Venga a verme cada fin de mes. Vivo en Saramaccastraat, en Bigi Spikre, encima del sastre. Yo le daré dinero suficiente para   hijos vayan a la escuela. Además, me ocuparé de que reciba usted cada mes un saco de provisiones.
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         A cada paso que daba, el vestido se le ceñía al cuerpo. Al ver la suave curva de su vientre y las generosas formas de sus muslos a Howard se le erizaron los pelos de la nuca.
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         -Les ofrecí mi cuerpo –prosiguió Maxi-, y, como si eso no les bastara, también quisieron mis joyas, y hasta mi vida, o al menos eso parecía -Con una mueca de dolor volvió a ponerse el zapato-. Pagarán por lo que me han hecho. Que maltraten a las otras chicas, venga o no a cuento, pase, pero con Wilhelmina Angélica Adriana Merian Rijburg han de ir con mucho cuidado.
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         La aparición en los diarios del decreto del Gobierno anunciando que se actuaría contra las personas que alteraran el orden público y pusieran en peligro la salud de las tropas, allanó el camino para la mayor redada de todos los tiempos en Surinam.
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         Podemos echar pestes de los hombres, pero ha de haberlos. Si juegas bien tus cartas, conseguirás de ellos lo que te dé la gana. Las mujeres tenemos un tesoro entre las piernas. No importa que seas guapa o fea: ellos sólo anhelan ese tesoro. Y yo, Pauline Sporkslede, te aseguro que los hombres están dispuestos a pagar muy bien por ello. Je, je, je.
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         Maxi había establecido tal vínculo con los capitanes, que la mayoría se contaba entre sus amistades. Les comunicaba cómo iban las cosas en esa parte del reino, y, sin excepciones, era recibida a bordo con el protocolo debido a un personaje oficial.
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         Era del dominio público que si uno quería estudiar o irse al extranjero tenía que hablar con Maxi Linder. Él conocía historias de chicos que habían ido a verla y sin rodeos le habían preguntado si podía pagarles los estudios.
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         Siempre había esperado encontrar la muerte en la calle, a ser posible en el barrio de las putas. Pero así, al lado de la cama, en la oscuridad…
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         -De joven trabajé en la construcción del teatro Tower –decía uno-. El rótulo de neón lo habían traído de Estados Unidos. No lo creeréis, pero cuando abrimos el embalaje, de una de las letras colgaba una tarjeta en la que ponía “Greetings to Maxi Linder Queen of All Whores”. “Saludos a Maxi Linder, Reina de todas las putas”.

EL BOBO DE KORIA (RECOPILADOR)


LA GATA


LA GATA
COLETTE (Seudónimo de GABRIELLE CLAUDINE COLETTE)

28 enero de 1873.SAINT-SAUVEUR-EN-PUISAYE. Francia
3 agosto. PARÍS. Francia


         Cuando no pone cuidado, su aspecto es rechoncho; sí, ligeramente rechoncho.
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         “¡Dios mío, la gata…! ¿Qué hago con la gata…? Había olvidado que me caso…
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         -Eres como el perfume de las rosas –le dijo un día a su mujer-, quitas el apetito. Camille le miró indecisa, con el aire un poco torpe y desgarbado conque acogía las alabanzas ambiguas.
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         La camarera, una vasca carnosa y barbuda, intervino.
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         -Nenita, ¿qué vamos a decirnos? Nada que ya no sepamos. Que tú no quieres mucho a la gata, que le has echado una bronca a la tía Buque porque la gata rompió un florero o un vaso… he visto los pedazos… Te contestaría que quiero a Saha (la gata), que tus celos serían idénticos, casi iguales, si hubiese conservado un cálido afecto por un amigo de la infancia…
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         Saha sólo saltaba al antepecho cuando los pies de Camille se posaban a su lado, y no volvía al suelo del balcón más que para evitar el brazo tendido que la hubiese precipitado desde lo alto de los nueve pisos. (…)
         Huía metódicamente, saltando con cuidado; tenía la mirada fija en la enemiga, sin condescender al furor ni a la súplica.
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         Saha sintió vacilar la firmeza de su enemiga, dudó en el antepecho y Camille, velozmente, alargando los dos brazos, la empujó al vacío. (…)
         Llevaba a Saha, viva, en los brazos. Fue derecho al dormitorio, empujó a un lado los bielots del tocador invisible y depositó suavemente a la gata encima de la plancha de cristal. Saha se mantuvo tiesa y en equilibrio sobre las patas, si bien paseó alrededor la mirada de sus ojos profundamente hundidos, como si estuviera en casa extraña.
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         -Tiene todas las uñas rotas –dijo hablando consigo mismo-. Quiso sujetarse. Se cogió… Arañó la piedra al sujetarse…
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         -Fuiste tú, ¿verdad? Tú la tiraste, ¿no es así? (…)
         La tiraste –repitió soñador-. Me he dado cuenta de que lo has cambiado todo entre nosotros… La tiraste.
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         -Bien, me voy –repitió Alain.
         Bajó los ojos y levantó un poco el cesto, rectificando conuna crueldad deliberada:
         -Nos vamos.
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PICNIC EN HANGING


PICNIC EN HANGING ROCK
JOAN LINDSAY

16 noviembre de 1896. ST. KILDA EAST. Australia
23 diciembre de 1984. FRANKSTON. Australia


Edith, con el perfil propio de una nia de catorce años, aunque muy blanquecino e idéntico al de una almohada rellena en exceso, elevaba los ojos hacia la ventana de una de las habitaciones del primer piso…
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         Tan pronto descubrieron el brillo del laurel de montaña sobre las plateadas hojas del cornejo, como una oscura hendidura entre dos rocas, donde el culantrillo temblaba como verde encaje.
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         Siendo como era una mujer pudorosa, que consideraba que una dama no debía pronunciar jamás la palabra corsé en presencia de un caballero, no hizo mención alguna acerca de aquel detalle, y nunca se lo comentó al médico, quien, a su vez, simplemente asumió que la niña había sido lo bastante sensata como para ir al picnic de la escuela sin aquella prenda de vestir tan tonta, responsable, en su opinión, de mil dolencias femeninas.
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         Ejercería un mayor control sobre el personal, siempre tan parlanchín, y haría cumplir la norma que prohibía que las niñas conversaran si no se encontraban bajo la supervisión de una institutriz.
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         -Una mujer puede apreciar todo lo que necesita saber sobre un joven en el breve instante que dura el parpadeo de un ojo –comentó Mademoiselle.
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         Y allí estaba Dios en persona, en una vidriera roja y azul. Un anciano aterrador que se parecía bastante a su abuelo, el conde de Haddingham, y que se había sentado en una nube desde donde se entrometía en las vidas de todos a los que abarcaba con la mirada.
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PROBLEMAS DE MORAL


Problemas de moral: entre Cifuentes e Hiroshima
 Publicado en CTXT   10-05-2018

Vivimos en un mundo en el que las estructuras son mucho más inmorales que las personas. Eso genera, lógicamente, mucho desconcierto moral y jurídico. Y también político
El video de Cifuentes robando en un supermercado y su dimisión inmediata es una excelente ilustración para retomar una de las reflexiones morales más profundas e interesantes que se plantearon en el siglo XX. Este grotesco episodio es la perfecta inversión del caso Eatherly, en el que intervino el filósofo Günther Anders y sobre el que publicó su libro Más allá de los límites de la conciencia. Claude R. Eartherly fue uno de los pilotos que arrojaron la bomba atómica sobre Hiroshima. Apretó un botón y un minuto después, habían muerto abrasadas 200.000 personas. Nadie puede representar lo que significa una cifra de cadáveres de esa magnitud. El ser humano tiene algo de toscamente limitado: podemos llorar profundamente la muerte de una persona, de dos o de cinco, pero no estamos constituidos para sentir la muerte de doscientosmil. El mundo entero, por ejemplo, se conmovió ante la foto del niño de tres años Aylan Kurdi, tirado en la playa muerto tras haber naufragado su patera, pero es más difícil intentar sentir algo al recordar que eso está ocurriendo todos los días y que hay decenas de millares de personas en el fondo de Mediterráneo que han sido víctimas de la misma tragedia.
Eartherly era un voluntario de guerra, piloto de la aviación americana. Tras arrojar la bomba en Hiroshima fue considerado como un héroe de guerra, pero él se vio afectado por síntomas de insomnio y ansiedad que nunca le abandonaron. El primer diagnóstico que le dieron fue “battle fatigue”, “cansancio originado por el combate”, Efectivamente, tras haber causado la muerte de doscientas mil personas, debía de sentirse algo cansado. Era más bien un síntoma de normalidad, como no cesó de explicar Anders. Pero fue tratado como un neurótico, sobre todo cuando empezó a hacer cosas extrañas, como atracar pequeños comercios, oficinas de correos, hurtos menores de delincuente aficionado. Normalmente no se llevaba nada y, cuando lo hacía, era para enviar el dinero a una cuenta de familiares de víctimas de Hiroshima. Clamaba por ser castigado, por ser encarcelado, porque se le reconociera su papel de criminal y se le despojara de su fama de héroe de guerra. Pero había ahí un abismo irremontable, entre la magnitud de Hiroshima y los robos de los supermercados, aunque él hubiera sido, inexplicablemente, protagonista de las dos cosas. A Günther Anders le interesó especialmente esta enorme desproporción entre lo que había hecho en tanto que pieza de una maquinaria de guerra armada con bombas atómicas y lo que era capaz de hacer en tanto que aprendiz de delincuente.
Entendemos bien la responsabilidad individual que tiene una persona que mata o que roba. Nuestra imaginación moral está conformada a esa escala. Pero no hay manera de explicitar el tipo de responsabilidad que tenemos con las estructuras de un sistema económico y político que roba y mata masivamente de forma ciega y anónima. Hay aquí una desproporción radical. Una desproporción que –decía Günther Anders– nos ha convertido en analfabetos emocionales y en indigentes morales. Podemos sentir emocional y moralmente lo que significa robar un banco, pero no lo que significa tener un banco o que, sencillamente, existan los bancos. Lo que significa que muera un niño de hambre, pero no lo que significa que los alimentos básicos del planeta coticen en la Bolsa de Chicago. Lo único que alcanzamos a decir es que eso son cosas del sistema en el que estamos metidos. Pero uno se sorprende entonces de que eso de ser antisistema no esté demasiado bien visto, ni sea tampoco especialmente mayoritario.
El Partido Popular, además de ser, como se está demostrando, un nido de corrupción y probablemente –a tenor del tipo de mensaje que han enviado a Cifuentes– una organización de tipo mafioso, está muy orgulloso de no ser antisistema. Su inolvidable presidente Jose María Aznar estaba incluso muy orgulloso de codearse de igual a igual con los más poderosos defensores de este sistema. Con ellos fue con los que declaró la guerra a Iraq, alegando que ese país contaba con armas de destrucción masiva que no solamente no existían, sino que se sabía perfectamente que no existían. Fue una declaración terrorista a causa de la cual murieron centenares de miles de personas y otros millones están aún sufriendo las consecuencias. Pero en estos asuntos la desproporción de la que hablaba Anders acude en auxilio de la conciencia del votante del PP. Emocionalmente es imposible sentir nada cuando se habla de millones de muertos. Y moralmente no hay ahí manera de orientarse. La cosa es demasiado grande para la imaginación humana. De modo que algunos jueces, por ejemplo, prefieren gastar sus energías en perseguir a los que hacen chistes sobre Carrero Blanco.
Eartherly robaba tiendas para que se le considerara culpable, ya que nadie parecía dispuesto a plantear ninguna responsabilidad moral ni política en el asunto de Hiroshima. Acabó internado en un manicomio. La desproporción entre una cosa y otra era demasiado grande para que se captara el mensaje. En el caso de Cifuentes ocurre lo mismo. Ha dimitido porque la han pillado robando en una tienda. Sus otras responsabilidades, como las del Partido Popular al que pertenece, son demasiado grandes para la justicia y demasiado complejas para interpelar a la conciencia moral. A la espera de un Kant que reformule los principios del derecho con arreglo a este chocante desnivel, es lógico que el poder judicial navegue a la deriva dando palos de ciego.
Vivimos en un mundo en el que las estructuras son mucho más inmorales que las personas. Eso genera, lógicamente, mucho desconcierto moral y jurídico. Y también político, como se vio, por ejemplo, cuando el Ayuntamiento de Cádiz se vio obligado a elegir entre los puestos de trabajo de los astilleros y los derechos humanos, aceptando finalmente fabricar barcos de guerra para Arabia Saudí. Kichi, el alcalde de Podemos, tuvo la valentía –poco común entre nuestros políticos– de explicarlo a las claras en un artículo.
Este tipo de problemas debería haber interpelado muy directamente al pensamiento ético del siglo XX, que, sin embargo, estaba a otras cosas, intentando resolver el asunto del dilema del prisionero (algo así como que si todo el mundo se comporta como un miserable egoísta mentiroso, sorprendentemente el resultado no es siempre el mejor de los posibles). Lo plantearon, eso sí, los teólogos de la liberación, que sacaron a colación el concepto de “pecado estructural”. Pusieron así sobre la mesa el problema de que la responsabilidad moral no puede indagarse mirando en nuestro interior, sino mirando al interior de las estructuras que vertebran el sistema de este mundo, y preguntando si se puede o no hacer algo por cambiarlas. Lo planteó, también, Jean Paul Sartre, que no había cesado de insistir en que la moral no podía resumirse en elegirse a sí mismo como bueno, sino en elegir un mundo bueno. Las máximas morales se envenenan fácilmente en un mundo en el que ser bueno es la mejor coartada para permitir que todo siga siendo igual de malo. Lo mismo que hay paraísos fiscales, en este mundo existen los paraísos morales. En ellos vivimos los que nos podemos permitir ser buenos porque jamás necesitamos ser malos, al menos mientras siga en pie la valla de Melilla que nos protege del abismo de tercer mundo, invisibilizando incómodos cadáveres en el fondo del Mediterráneo.
Hay que decir, entre paréntesis, que en el momento actual, quien está llevando la voz cantante es el Papa Francisco, que es al que más se oye hablar del terrorismo estructural sobre el que se levanta nuestro sistema capitalista. Desde luego que Podemos, si realmente ha buscado y busca una transversalidad hegemónica, debería haber viajado más a menudo al Vaticano, pues esta casual posible alianza con el catolicismo no era algo a despreciar.
Y, por supuesto, el problema de fondo lo planteó también, Günther Anders, cuyas tendencias políticas sufrieron al final de sus días una evolución bastante pintoresca, como puede comprobarse en su libro Estado de necesidad y legítima defensa (se trata en verdad de un conjunto de entrevistas en torno a un libro que estaba escribiendo). Hasta los años ochenta, Anders había sido uno de los más eminentes representantes del pacifismo alemán. Sin embargo, en sus últimos textos veía las cosas desde otro punto de vista. A su entender, la situación en la que habíamos desembocado era tan sumamente grave que podía darse por declarado el estado de excepción a nivel mundial, de modo que la resistencia violenta quedaba amparada por la forma legal de la legítima defensa. “El estado de excepción legitima la defensa: la moral está por encima de la legalidad. Creo innecesario justificar esta regla doscientos años después de Kant. El que a los kantianos de hoy se nos acuse de amigos del caos, no nos tiene que inmutar, pues no es más que una muestra del analfabetismo moral de los que nos etiquetan así”. El pacifismo, decía, “no ha asegurado la paz”, solo nos ha traído “buena conciencia”. “Y no hay nada tan hipócrita como evitar el mal sólo porque se desea tener una buena conciencia”. El siguiente texto del anciano pacifista alemán, habría levantado hoy todas las alarmas de la ley mordaza: “No queda otra que intimidar de verdad a los que nos amenazan. Eso significa no sólo devolver las amenazas verbales –lo que no les preocupa lo más mínimo– sino que, de vez en cuando, hay que poner en práctica esas amenazas para que no crean que nos vamos a limitar a un puro teatro festivo. (…) Y eso significa, de la forma más imprevisible, de la manera más imponderable: hoy le podría tocar a éste y mañana a aquel. (…) Como nueva arma utilizaremos su propia ignorancia, su propio no saber si les tocará a ellos o a otros”. No basta, continuaba, con hacer pedazos las armas del enemigo, tienen muchas “de reserva”. “Sin embargo, no existe una vida de reserva. Por esta razón, la amenaza contra la vida es la única amenaza seria”. Estas citas pueden servir de muestra de hasta qué punto, al final de sus días, este gran filósofo consideraba la gravedad de nuestros dilemas morales contemporáneos. Todo un reto que tenemos por delante los estudiosos de la filosofía.


EL BOBO DE KORIA (RECOPILADOR)