Nicolás Sarkozy o el anhelo de Napoleón






El cadáver del emperador sonríe en la oscuridad de su tumba. Su calavera enorme muestra su sonrisa permanente, en la inmunidad que da el eterno paso del tiempo, contempla la cima de sus anhelos.
Su país, su amada tierra, su imperio arrebatado renace. Tras el dolor de la derrota, de haber sembrado de cadáveres la vieja Europa, del destierro, de la humillación de haber permanecido vivo sentado frente a sí mismo. Su patria renace.
En el turbio horizonte, un hombre menudo, como él mismo avanza con paso firme. Sin ejércitos, sin invasiones grandilocuentes, sus pisadas hacen temblar al viejo continente.
Su imperio transformado en un símil de República tan falso como cualquier otra atemoriza a los más débiles. Con Alemania como aliada, y con el dinero y el engaño como armas doblegan naciones y países, que mendigan aporreando las puertas de su imperio.
El pequeño hombre que rige los destinos de Francia, con su apellido impronunciable se cobra la justa venganza histórica del emperador. España, Grecia, Italia, Portugal, y otros países caen, y caerán en las manos del poder. Atrapados por unos acuerdos económicos y aterrorizados ante el temor de salir de la coalición europea, todos acatarán las órdenes venidas de la unión de Francia y Alemania.
Los gobiernos sucumben ante tanto poder, y los pueblos zarandeados en la mentira de la comodidad, aceptan recortes y venden su futuro de saldo para beneficio de esa unión europea que se asemeja a un Saturno devorando a sus hijos. El emperador reconoce el acierto del poder económico, viendo a países a los que no pudo dominar entregados en cumplir plazos y tratados, atrapados cada vez más, mientras sus recursos y economías son exprimidas por los poderosos creadores del engaño. Y entre esos poderosos está su país, justo donde tiene que estar, llevada de la mano por su pupilo de altura discutible.
Los hombres como el emperador, tocados por la mano de la locura se rebozan en un baño de megalomanía que les es tan necesario, sus herederos históricos hacen lo propio. Amparados por sus dioses no dudan en sacrificar a aquellos que los han encumbrado, sabedores del control que ejercen sobre la información, a una orden suya todos los rotativos y señales catódicas esparcen malos augurios como un virus, mientras ellos se sientan a esperar, como médicos a que sus atribulados pacientes acudan a recoger las recetas que curen sus imaginarias enfermedades.

El sueño del emperador se cumple. Su pequeño hacedor sonríe taimado, aliado con la mujer que comanda Alemania, se relame al pensar hasta donde ha llegado su ambición. Quizás se acuerde del emperador, ignorando la sonrisa eterna de aquel, enfermos los dos de una posesiva locura de poder.
En alguna otra parte la batalla inútil de siempre se prepara. Se amontonan piedras y se afilan los cuchillos. La gasolina se reparte en botellas y habrá besos de despedida. El destino prepara otra partida de ajedrez en las que una vez más jugaremos con las negras y sin reyes. Solo peones. Peones que intentarán desestabilizar su destino y asustar a las crónicas de la historia, regando con sangre y con nombres anónimos el asfalto de las calles, en una lucha sin cuartel que dura ya milenios y cuya balanza nunca termina de caer de nuestro lado.

Yorick.

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