El caballero, la muerte y el diablo




Me cruzo con esta imagen fortuita, impactante. Que destaca por su realismo sobre otras esculturas que también adornan la catedral. Las manos hábiles de un cantero inmortalizaron quizás sin ser consciente de ello el drama diario de nuestro mundo.

Sin poder evitarlo, la escultura me recuerda inmediatamente otra obra de arte, el grabado de Alberto Durero: El caballero, la muerte y el diablo. Y sin poder evitarlo también, las reflexiones que me provoca me traen a la memoria las que otrora hiciera Jean Cau sobre el grabado de Durero. Y con su permiso ordenaré mis pensamientos como él hiciera en su libro. Hablando de cada elemento que componen la escultura:

-El Caballero:

El caballero está representado aquí, por un joven obrero, que cansado de la existencia que lleva, de ver morir a los niños de tuberculosis o hambre, de ver consumirse la vida de su esposa y la de él mismo por la miseria. Hartos de trabajar de Sol a Sol, mientras a su alrededor otros se derrochan en aburrimientos caprichosos sin importarles el devenir de esa masa de obreros que malviven en el extrarradio, trabajando en condiciones infrahumanas. Decide, iluminado por las ideas que vienen del este, ideas que hablan de igualdad, de la desaparición de los amos y los privilegios, de tener una vida digna, que ha llegado la hora de cambiar una cosa por la otra, y como un personaje de la novela: Icaria, Icaria de Xavier Berenguel, se reúne por las noches con otros como él, y allí planean, como y donde será el atentado que los liberará de una vez por toda.
El obrero se ofrece voluntario. Sabe bien que probablemente no saldrá vivo de allí. Si la bomba no lo mata, lo hará la policía, creada para defender a los ricos y sus privilegios. Pero está convencido de que si triunfa, si el atentado sale bien, todos se darán cuenta de que la bomba es el grito desesperado de un pueblo que se desangra vilmente. Y que entonces las cosas cambiarán, y su sacrificio no habrá sido en vano. Pues aunque él muera, sus hijos, y todos los demás sobrevivirán y vivirán mejor.

En su inocencia no contempla que el mundo no está hecho así por casualidad. Que su sacrificio si será en vano, y que con él llegará una ola de represión que se llevará por delante a otros muchos, en busca de un orden inspirado en el terror. Aunque tal vez en el fondo de su ser, en sus pocas letras, intuya que no funcionará, pero del mismo modo, es lo único que le queda: el grito. Un grito de rabia contenida mucho tiempo. De un dolor escondido durante una vida, y que por si mismo, ya justifica la tragedia que está pronta a ocurrir.

-La muerte:

La muerte está aquí representada por la bomba. Una bomba Orsini, reconocible por la multitud de detonadores que recubren su carcasa. Un invento mortífero, que lleva la destrucción allá donde se presente. En las manos de unos obreros llenos de rabia se puede saber fácilmente cual será su fin, el destinatario que falta en la escultura: Una carroza real, un ministro de gobernación, un alcalde. Una autoridad en definitiva, que ponga cara a las desgracias del pueblo.
La bomba puede que fuera encargada pensando en ellos, fabricada bajo las mismas premisas, y engendrada con ese solo objetivo. Ella por si sola es un objeto pasivo, que no razona, ni entiende de desigualdades, su única misión es explotar. Donde sea y como sea no tiene importancia, para una realidad explicada con una formula física. Y el mal que genera no tiene que ver con las manos que la transportan.


-El diablo:

La presencia del diablo en un edificio consagrado a la cristiandad, es lo único que justifica la existencia de los otros dos elementos de la escultura. Sin él, sería imposible que a alguien se le ocurriera tallar a un terrorista portando una bomba. Solo la moralina cristiana atenta a todos los hechos que ocurren en la realidad se encarga de maquillar esa realidad para adoctrinar al pueblo. Para querer explicar sin palabras, a través de las imágenes, que ese hombre ha sucumbido a la tentación demoníaca, que se ha apartado del camino recto impuesto por Dios.
Representar al diablo como un viscoso reptil, con rostro humano, es otro de sus burdos trucos para aterrorizar al incauto. Intentando siempre marcar la diferencia entre el bien y el mal, y bajo sus prerrogativas del bien, esclavizar a millones de personas con la amenaza de la condena eterna. Y la promesa no menos burda de una vida eterna en el paraíso. Y mientras eso llega hay que pasar la vida, aceptando cualquier sufrimiento sin rechistar, aceptando que es ese Dios compasivo el que pone a cada cual en su sitio.



Este es, como decía al principio, el drama diario del ser humano, el enfrentamiento constante de unos contra otros. Unos empeñados en dominar, y otros dejándose dominar por sus hermanos, hasta que cíclicamente no pueden más y estallan, y llegan las muertes, la represión, la infamia y el horror. Y una vez vuelto todo a la normalidad, o sea el orden inamovible, todo empezará de nuevo, hasta que en un futuro vuelvan a darse los ingredientes para una nueva revuelta y empiece todo de nuevo. ¿Qué otro camino nos queda? Solo seguir y seguir, esperando que alguna vez y como decía la canción, la tortilla se vuelva.


Yorick.

el cobarde

Siento un peso en la conciencia. Cierro unos ojos imaginarios para no verlo, para que me deje en paz y no me atormente. No lo consigo, a veces lo engaño, pero no consigo que desaparezca, me persigue y acosa cuando mas débil me siento. Ahí me ataca y me debilita. Me cuesta recuperarme de sus golpes de mano, como un guerrillero experto se cuela entre mis argucias infantiles desplomando mis tontos argumentos y mis débiles defensas. Se bien que no parara, hasta que me enfrente a él, hasta que reconozca el engaño al que me someto en un proceso de auto-anestesia, auto-complacencia, auto-eutanasia vivencial. Cuantos nombres tiene la cobardía. Para esto sirve la riqueza del lenguaje, para maquillar la verdad, nombrando lo evidente de numerosas formas distintas que confundan una realidad vergonzosa.

Soy un cobarde, aunque todo el mundo diga lo contrario. Todos admiran mi valor en el combate, mi temple ante el peligro, mi resistencia ante la adversidad. Pero no advierten que en el fondo soy un cobarde. Huyo de la realidad, negándola, no queriendo ver que soy el esclavo de un tirano, su brazo ejecutor, que mantiene su tiránica ley con fuerza. A través de mi, un mal nacido, mantiene un imperio levantado con miedo, con una arquitectura de los horrores, esclaviza a su pueblo. Y yo soy su paladín. Ocultándole al mundo que en realidad lo odio con toda mi alma. En lo mas oculto de mi cabeza se fraguo la idea de acabar con su reinado oscuro, pensé en decapitarlo y arrojar su cabeza por una ventana del castillo en dirección a la plaza del mercado. Pero no me atrevo. Oculto ese pensamiento donde no me acose, pero no lo consigo, y tampoco me atrevo a llevarlo a cabo. Por eso soy un cobarde.
Reniego de ese pueblo sometido al que pertenezco, reniego de los que me vieron nacer, que se esconden atemorizados cuando atravieso las inmundas calles de la villa, subido en mi caballo negro, que arrolla al infeliz que se cruza en su camino, pues las batallas han desquiciado su cabeza, tanto como la mía. Mientras el tirano detrás se sonríe del miedo que le profesa su pueblo, a sabiendas de que mientras yo mismo, y otros como yo le hagamos permanecer donde esta, nada tiene que temer.
Por las noches, en el tormento de las horas oscuras, no duermo. Mis pensamientos me acosan denunciándome implacablemente. Mi propia sangre parece hervir dentro de mi cuerpo, como si quisiera escaparse de semejante ser. En las noches terribles padezco el miedo que me tengo. Aterrorizado deshago camas, que he llegado ha arrojar por las ventanas de mi estancia, ante el gozo de los que piensan que lo hago por diversión. Mi fama de salvaje provoca la satisfacción de aquellos a quienes sirvo, y a quienes yo no me atrevo a ejecutar.
Por eso mi locura se desata en la batalla, por eso busco la muerte cada vez que desenvaino la espada, esperando que una hoja fortuita aseste el golpe definitivo que acabe con tanta cobardía, y que por lo menos el tiempo y el olvido apacigüen tanta vergüenza.


el reverendo Yorick.

La almohada

Su rostro dormido parece denotar una alegría diferente. En la interpretación furtiva de un paseante atento, podría leerse: Hoy el mundo pesa menos.
De los cuatro bancos que cuadriculan esta esquina del parque, tres amanecen convertidos en improvisados dormitorios a la intemperie. El durmiente plácido, parece haber tenido esta noche más suerte que los demás: Una almohada mullida recoge su cabeza y rellena sus sueños de sendas más felices. Entre los pertrechos de estos tres hombres viaja la almohada, en la compañía rasposa de algunas mantas y la etérea blandura de unos cartones que sustituyen sin pudor a todos los colchones del mundo. Tal vez el preciado objeto soporte el peso de una cabeza diferente cada noche, y el pequeño lujo que permite la basura, sea compartido por los tres. O puede que el azar les haya traído al mismo parque, y que la mañana los separe sin adioses fingidos, ocupando la almohada su sitio en algún carro de supermercado.
¿Qué medida tendrá la vida desde esos bancos del parque? Con los horizontes cortados por las aristas rígidas de un cartón de vino. Rotos todos los hilos que los atenazan a la existencia, los deseos dejan de tener sentido, y la grandeza de una libertad desconocida planea sobre sus cabezas. Sus miradas de desvarío no dejan de tener un brillo de tranquilidad.
Sin saber que fuerza los empuja, provocan en mí la admiración del reo, que condenado a galeras asoma sus ojos ávidos por una rendija del barco en busca de la gente que pasea por el puerto.
Admirado de que en su vida, todo parezca estar en su sitio. Suicidas de lo cotidiano muestran sin intención que su errar no es ningún fracaso, y la ignorancia que se les profesa indica sin duda hacia donde mira cada cual.
Un desarraigo fortuito que hace que nadie se pregunte que día de sus vidas fue el último, y cual de su nueva existencia el primero.
Y por unas noches, le efímera existencia de esa almohada, que cualquier mañana de estas, será olvidada en un banco y desaparecerá de sus noches, con la misma sencillez con la que un día apareció.


El reverendo Yorick

el drama de los perros

Recibimos a diario cientos de mensajes del tipo: Adoptalo. Búscale un hogar. Son tu responsabilidad. Y nosotros, afectados por ello, actuamos en consecuencia. Les buscamos hogar, los humanizamos, y los convertimos en parte de nuestra familia. Algunos, cuando vemos algún perro abandonado, no dudamos en intentar ayudarle, dándoles comida, refugio. Y otros, llamando a las perreras, policías locales, o protectoras de animales.
Pero en realidad, todos estos comportamientos me sugieren varias reflexiones: En primer lugar, el papel que estos animales llamados de compañia, adoptan en el seno de cualquier familia. Son integrados dentro de estas, educados en unos preceptos absolutamente humanos, que nada tienen que ver con sus instintos, que son los que rigen sus comportamientos. Así, observamos en cualquier sitio a personas de todas las edades dando órdenes a sus perros, mostrando una autoridad que en el fondo solo es impuesta por el miedo. Los perros claudicaron su libertad atraidos por el plato de comida que es puesto ante él.
Luego, la sociedad, a traves de sus municipios insta al ciudadano de avisar al ayuntamiento si se ven perros abandonados o vagabundos. Con el fín de encerrarlos en recintos masificados a la espera de que alguna familia decida adoptarlos. Pasados los años, o en caso de acumulación de estos animales, se procede a su sacrificio. Alegando siempre la falta de espacio de los centros, y por otra parte la falta de humanidad de quienes abandonan a sus mascotas.
Estas formas de actuar, se convierten en un círculo cerrado que impide ver la verdadera tragedia de estos animales. Y esta no es otra, que el destierro que sufren como especie en un mundo que también les pertenece. Prohibida su libre circulación por el planeta, solo les queda adoptar su rol de mascota del ser humano, claudicando de cualquier instinto verdadero que les quede aun. ¿Sino, Porque son sacrificados o encerrados los miembros que conservan algún instinto salvaje, o que no se doblegan ante sus amos?

Creo que la verdadera reivindicación con respecto a estos animales, y a otros que se ven en su misma situación, sería dejarles que campen a sus anchas, que los más fuertes sobrevivan, se asilvestren y vuelvan a ocupar el lugar que les corresponde como depredadores en esa pirámide tan manipulada del orden natural. Que vuelvan a sus orígenes y vuelvan a ser lobos salvajes, alejados de quien tanto daño les ha hecho y que clama sin pudor que es su mejor amigo.


el reverendo Yorick.


Un año más, llega el Primero de Mayo. ¡Grita Fuerte! ¡Grita Alto! ¡Grita Claro!
Nuestro sitio está en la calle.

Democracia + Fascismo = Demofascismo = Fascismocracia

Los diccionarios suelen definir a la Democracia, como un régimen político en el cual la soberanía pertenece al pueblo. Los diccionarios políticos ahondan un poco más en dicha definición, hablando de: Democracia directa
(Sin intermediarios) Democracia parlamentaria (Delega en un parlamento la toma de decisiones) Democracia autoritaria (El pueblo delega en un solo hombre: Autocracia, Aristocracia) y Democracia Social (Separación de poderes)

De la misma forma, al hablar de Fascismo, los diccionarios hablan de una forma de totalitarismo que pretende la estricta reglamentación de la existencia nacional e individual, de acuerdo con ideales nacionalistas y militaristas. Los intereses contrapuestos se resuelven mediante la total subordinación a su líder. El fascismo basa sus ideas y formas en el conservadurismo extremo.

Ahora si tomamos como ejemplo la Democracia que sufrimos en nuestro país, teniendo en cuenta las definiciones anteriores, podríamos sacar orondas conclusiones que nos lleven a entender que de lo que llamamos Democracia solo queda el nombre, y que lo que de verdad nos rige, con la absoluta complicidad del pueblo es un Neofascismo encubierto cuyo principal interés, es la toma del poder, y desde allí, mediante zalameros disfraces hacerse con la opinión pública consensuando su pensamiento de forma que la sociedad en general no intervenga en modo alguno en su toma de decisiones.
Esta, por su parte, mediante el sistema electoral, delega absolutamente la toma de decisiones a unos partidos políticos, y a unas listas electorales cerradas y lejanas, donde unos señores que nadie sabe de donde han salido (claro que se sabe) dicen ser los más preparados para defender y poner en práctica las necesidades de la sociedad. Curiosamente, existe una ley electoral, que beneficia claramente a los partidos mayoritarios, de forma que los votos no cuentan igual en unas regiones que en otras, asegurándose de esa forma, que el poder siempre esté en manos de los mismos, que descaradamente juegan al bipartidismo, con la complicidad de partidos nacionalistas que beneficiados por dicha ley electoral, abordan sin pudor las principales decisiones de la política estatal.
Cerrándose las puertas definitivamente para partidos pequeños que condenados a la segunda fila se burocratizan perdiendo al poco tiempo el ideario y la finalidad para los que fueron creados.

La evidencia principal a la que nos lleva este análisis, es a que estamos dominados por una Clase Política que se perpetúa, y que aprende constantemente de sus errores, levantándose siempre más fuerte. Que esta clase política pertenece históricamente a la clase dominante de este país, a los que siempre tuvieron los medios de producción, y la explotación de los recursos naturales. Dueños absolutos de los beneficios económicos, y dueños asimismo de la gran estafa que significa un sistema político que aparentemente no sería posible sin la participación del pueblo, pero que en realidad dicha participación no es más que una falacia inventada para acallar las voces más críticas al mismo.

Estamos pues inmersos en una rueda que nos aprisiona en nuestra existencia, condenándonos a vivir en una cuidada forma de esclavitud que mediante un enorme aparato propagandístico nos incita a un consumismo desbocado y a una horizontalidad absoluta de pensamiento. Controlando todas las fases de nuestra vida, mediante la educación, la religión, la política, el ocio, etc. Y de la que sin un juicio clarividente, y unas ganas enormes de ser nosotros mismos, desde nuestras humildes personas e ideas, no saldremos nunca. Y los ejemplos de manipulación política pueblan la historia. Bastaría una lectura crítica de la misma, para llegar a las mismas conclusiones que se exponen aquí. Pero ese es un camino que debe empezar cada uno de nosotros, aquí solo se muestra una de sus puertas.


el reverendo Yorick.


Esta es la única pistola que debería tener todo aquel que sueña con ella. Todo el que la lleva diciendo que lo hace en nombre de la paz. Todo el que cubre su presencia con excusas y mentiras, justificando que es necesario su uso solo cuando la porta él. Todo el que dice sin vergüenza que su presencia en este mundo es necesaria para por medio de la intimidación, en el mejor de los casos, imponer una paz y una libertad tan falsa como imposible mientras esta no surja espontaneamente y sin coacción alguna.

Ya solo falta que todos aprieten el gatillo a la vez.

los hijos

Todos los días, antes de entrar en el trabajo, me paro en alguna esquina y leo algunas páginas del libro que me ocupa en ese momento. Una de esas esquinas me gusta más que otras. Está relativamente alejada del tráfico, y da entrada a una estrecha calle peatonal. Desde hace días me gusta por otros motivos. De uno de los portales de viviendas que hay en la calle, sale todas las mañanas una niña de unos cuatro años con su padre.
La pequeña todos los días me saluda con su vocecilla estridente: ¡Hola señor! Yo le devuelvo el saludo encantado, mientras su padre, ignorándonos a los dos ni siquiera gira la cabeza.
Todos los días que la veo, me pregunto quién debería enseñar a quién, si el padre a la hija, o la hija al padre.
Por la edad que tiene, calculo que en tres o cuatro años esa inocencia y espontaneidad que muestra habrán desaparecido, sustituidas por el rictus de seriedad y desprecio de su progenitor hacía lo extraño. Pues la educación creada por la sociedad en todos sus campos, y empezando por la propia casa, es la encargada de castrar esa natural disposición de los seres humanos a la comunicación, sustituyéndola por un sentido de la competitividad y de desprecio hacía el más débil o el más despreocupado. No queremos ver todo lo que los niños nos enseñan, nos muestran sin reparo como fuimos nosotros hace muchos años, así como lo equivocados que estamos reprimiendo en ellos lo que fue reprimido en nosotros.

Al llegar la adolescencia, toda esa crueldad aprendida, todo ese deseo constante de ser el más fuerte o de ser la mejor se manifiesta sin pudor alguno. Los padres aparentan estupor y preocupación cuando aparece alguna noticia sobre comportamientos violentos o humillantes de jóvenes contra otros jóvenes. Sin caer en la cuenta de que con esa frase presuntamente inocente: -Habría que hacer algo- Están soltando la cuerda de la represión sobre sus hijos. Habría que hacer algo. Si. Pero no delegar en un sistema educativo cruel y coercitivo, que crea una ley del menor donde estos son excluidos y tratados como delincuentes, en los casos donde su supuesta educación se les va de las manos.
Habría que hacer algo estando cerca de esos hijos a los que claman su amor, y a los que nunca les falto de nada según ellos. Aunque les faltó lo más importante: Estar a su lado, escucharlos, tratar de comprenderlos, y quererlos de verdad, en vez de claudicar completamente la resolución de los problemas a la sociedad y al sistema educativo.

Ocurre, que cuando vemos a nuestro alrededor dictadores, torturadores, asesinos, banqueros implacables, empresarios explotadores, curas pederastas etc, etc, etc. Nunca pensamos que estos también fueron niños, y que los nuestros, esos a los que decimos querer tanto, el día de mañana quizás que se conviertan en esos monstruos a los que tanto tememos. Y la única postura de sus padres sea justificarse y decir que no saben donde se habrán equivocado.

Lectura recomendada: William Golding. –EL SEÑOR DE LAS MOSCAS-


El reverendo Yorick.

el presidiario

Me he evadido. ¡Ayúdeme!
El hombre permanece semioculto por una gran roca al pie del acantilado, a dos metros escasos de donde rompen las olas con creciente violencia.
De un vistazo, el otro hombre le observa, ocupado al mismo tiempo de no ser derribado por una ola: Está mojado, viste el uniforme de los penados, de eso no hay duda, ha debido de llegar aquí a duras penas, recorriendo el acantilado, los dos kilómetros a los que se encuentran de él, piensa.
El recién llegado porta un cubo donde una docena de cangrejos desesperados se desviven por ascender sus resbaladizas paredes de plástico, se protege de los envites del viento y del agua con un impermeable oscuro, y unas altas botas de goma. En un instante, reacciona, y quitándose el impermeable se lo alcanza al hombre que tiene frente a él. A unos pocos metros un sendero de los muchos que atraviesan y coronan el acantilado arranca, y hacia allí encamina sus pasos seguido del penado. Con pericia comienza a saltar entre las rocas llevando el cubo de cangrejos. El presidiario le sigue atónito, duda por dentro de ese hombre que una vez coronado el precipicio se dirige en dirección al penal. Cuando divisa sus muros en el horizonte se para en seco. El hombre del cubo, con el cuello del abrigo subido se para a su vez, y con voz tranquilizadora informa al presidiario de que su casa está cerca, que si hubiera huido por encima del acantilado la habría divisado enseguida. ¡Pero vendrán a buscarme ahí! Dice el fugado sin dar un paso. No temas, me conocen bien y de mi no sospecharían, puede que vengan a informarme, pero no a buscarte. Además, hoy con la tormenta no empezarán la búsqueda, esta tierra se vuelve resbaladiza y peligrosa y confiarán en que no salgas vivo de aquí… Algo en la mirada del pescador y en sus últimas palabras hacen que el preso se ponga en marcha tras él.
Al poco rato divisa una casa de piedra mimetizada con el paisaje.
El pescador llega ante la puerta y la abre con una gran llave herrumbrosa, en su interior se esta caliente, el fuego dormita en el corazón de un tocón de roble, a sus pies, un perro viejo incorpora la cabeza gruñendo, sus ojos blanquecinos y profundos delatan la ceguera y los años que le pesan. A una voz de su amo se tranquiliza volviendo a dormitar. Quítese esa ropa mojada, y póngase esta, dentro de un rato volveré al acantilado para arrojar sus pantalones enganchados en un madero, la corriente lo arrastrará a la cala del presidio, pensarán que se ha ahogado. Harán algunas preguntas en el pueblo y en las granjas, y en una semana se habrán olvidado de usted.
El pescador, mientras habla, le ofrece ropa limpia y seca, el presidiario le observa mientras se cambia sin decir nada, desconfía de la cercanía de esos muros grises que le robaron la vida durante tantos años. Teme la presencia de ese dominio del terror que es el presidio, imagina la soledad húmeda de su celda en penumbra a esta hora de la tarde y un escalofrío recorre su cuerpo.
Mientras, el pescador trajina en la cocina, los cangrejos ya forman parte de un guiso cuyo olor impregna la casa y que hace desperezarse al perro que olfatea el aire gozoso.
Al poco rato el pescador se acerca al evadido con un vaso de vino en la mano: Tenga, le dice, ahora descanse un poco hasta la hora de la cena, yo voy a salir a deshacerme de su ropa, volveré en un rato.
El evadido asiente con la cabeza, y se sienta en una silla mientras observa a su benefactor enfundarse de nuevo el impermeable y las botas, y con una bolsa en la mano salir de la casa. ¿Quién es este hombre? Se pregunta. Había oído decir muchas veces a los otros presos que la gente de esta tierra era hosca y poco hospitalaria. ¿Qué tendrían que decir ahora? Sin embargo, la cercanía del presidio le sigue poniendo nervioso. En la pequeña casa solo hay un par de ventanucos orientados al suroeste, la silueta del penal se recorta en el horizonte, se ven sus luces mortecinas y el gran faro que corona el edificio central, y que como un gran ojo barre el horizonte en busca de los desgraciados que se atreven a burlar su vigilancia.
La tormenta se ha desatado, y ráfagas de viento y agua se estrellan contra los cristales. ¿Y si no vuelve? Se pregunta de pronto, ¿Y si el pescador cae por el acantilado? Por un momento esta tentado de salir a buscarlo, hasta que se da cuenta de que sus nervios pueden jugarle una mala pasada, ¿adonde va a ir? Se pregunta. Con la tormenta y de noche lo único que le puede pasar es que se mate entre las rocas, o que caiga al mar. El perro le mira sin verle, sus grandes ojos muertos le observan sin despegarse de él. Decide volver a sentarse, y confiar en la pronta llegada de su inesperado amigo, el efecto turbador del vino y el cansancio hace que se duerma profundamente, como no le ocurría en mucho tiempo.

De repente, se siente zarandeado suavemente, abre los ojos, sin saber donde se encontraba, hasta que el rostro amable del pescador le hace recordar todo. Ya está la cena, dice aquel hombre. ¿Cuanto tiempo llevo dormido? le pregunta el evadido. Sobre una hora y media, la tormenta se ha agarrado fuerte y ahí fuera sopla un viento del demonio.
Los dos hombres se sientan a la mesa, cerca del fuego, el pescador le sirve un buen plato de un oloroso guiso de patatas con verduras y cangrejos. Al poco rato de estar comiendo en silencio, el evadido preguntó al pescador: ¿Por qué me ayuda? ¿Por qué se complica la vida haciendo esto? Su mirada de súplica imploraba una respuesta. El pescador se recuesta un poco en la silla, da un trago de vino y después dice: Yo trabajé en el penal durante quince años. El evadido da un respingo, y tiene que hacer un gran esfuerzo para mantener la calma. No se alarme, dice el pescador, de eso hace mucho tiempo. Como le decía trabajé en el penal. Era guardia, temido y odiado por igual por todos los penados. Incluso por los otros guardias diría yo. Mi especialidad era atrapar a los fugados.
El penal es demasiado grande, y al ser una antigua fortaleza esta plagado de pasadizos y galerías, como creo que usted ya sabe. Siempre hubo muchas fugas, el estado ya tenía bastante con reconstruir la ciudad después de la guerra como para invertir dinero en el penal. Todo el que venía aquí podría decir que estaba abandonado de la mano de Dios. Fuera preso, o fuera guardia. Yo siempre salía ha hacer mis batidas en solitario, odiaba a todo el mundo, y no soportaba a los desgraciados lloricas que tenía por compañeros. El perro era mi único amigo. Un día llego un aviso de fuga, vinieron a buscarme a esta casa, que era donde vivía, era mi día libre, pero aquel hombre no era un preso cualquiera. Era un preso político enemigo del estado, los carceleros le tenían especial inquina. Para mí solo era una presa más. Era una noche como esta, una tormenta inmensa azotaba el acantilado, parecía el fin de los tiempos. Yo no tenía temor, me vestí, cogí la escopeta, y junto al perro nos fuimos al penal, en busca del rastro de aquel hombre.
Unas huellas casi imperceptibles se perdían en dirección al acantilado, yo sonreía por dentro, con aquel tiempo sería muy difícil que se me escapara, ya le daría yo un buen escarmiento antes de devolverlo a casa.
Con esta idea en la cabeza comencé a descender por un escarpado sendero, no había duda de que era por allí por donde había bajado, aquel camino con la marea alta no tenía salida, solo el mar embravecido esperaba al final de las rocas. Le vi antes de llegar abajo, se escondía tras una roca y miraba nervioso a todas partes hasta que me vio. Cuando estaba encarándome la escopeta para darle el alto, una ola enorme me golpeó, caí contra las rocas aturdido, y el mar al siguiente envite me engullo. En unos pocos segundos me encontraba a diez o quince metros del acantilado, zarandeado, revolcado, sumergido, y vuelto subir por el mar, ya sabía que no saldría de allí con vida, estaba pensando en abandonarme y acabar cuanto antes cuando una mano fuerte me agarró de la ropa y después alguien paso su brazo por mi pecho y empezó a luchar contra el mar, para acercarnos a las rocas, yo solo veía el brazo, un brazo vestido con una chaqueta de presidiario.
No se cuanto tiempo estuvo ese hombre luchando contra el mar, perdí el conocimiento, y cuando volví en mí, era llevado a cuestas por el sendero lejos del mar. El perro venía a nuestro lado sin soltar ni un ladrido. Al poco rato, estábamos sentados aquí mismo los dos. La vergüenza que yo sentía me impedía hablar, sin embargo aquel hombre se comportaba con total naturalidad, sin ningún rencor, ni ningún tipo de odio, ni soberbia. Preparó de comer una sopa caliente y allí la tomamos juntos. Mi vida según se mirara, o había dejado de tener sentido, o había empezado de nuevo. Esta era la única idea que me rondaba la cabeza.
A los dos días decidí que había empezado de nuevo. El fue el primer presidiario al que ayudé a escapar, desde entonces, mas de siete se han sentado en esa silla donde usted está ahora.
El presidiario le miraba sin decir palabra. ¡Coma hombre! Que se le va ha enfriar, dijo el pescador ¿Quiere un poco más? Negó con la cabeza, aquella historia le había quitado el apetito. Una vez fue testigo de una experiencia parecida, una experiencia de la que nunca se había olvidado: Cuando la propia vida te da una lección contra tu soberbia, tu odio, tu prepotencia.
Gracias por todo, dijo al pescador. No tiene porque darlas, cuando se calmen las cosas le acercaré con la furgoneta hasta la frontera, y le daré una dirección en una ciudad, para que se acerque allí, le ayudarán.
Usted por que no se marcha de este lugar, dijo el evadido, no sé…, donde haya gente, y donde pierda de vista el presidio. El pescador sonrie, mientras recoge la mesa, y de repente dice: No se preocupe por mí, yo ya encontré mi lugar en el mundo.
Afuera, la tormenta descargaba toda su furia contra todo lo que se movía y lo que no.


el reverendo Yorick.