Al señor Isidoro:

Con el devenir de los años caigo en la cuenta de que no se quien es usted en realidad. Dudo de si es usted un dulce gato, o por el contrario un mal perro. Me debato dilucidando si su naturaleza es la de un santo místico tan farsante como su homónimo sevillano, o en realidad no es usted mas que un burgués con suerte, provisto de un embaucador discurso y de una labia prodigiosa.
Allá por mi adolescencia, compartí con otros muchos la ilusión a la que, como un encantador de serpientes, nos sometió, en aquellos primeros años de los 80, pero la candidez que me rodeaba en aquellos años, se fue despegando de mí, como si de la corteza de un eucalipto se tratara, ayudado este cambio por mi prematura madurez, y también, por la perplejidad que me fueron produciendo los actos y las consecuencias de estos, a los que usted ligeramente se entregaba. Esta perplejidad, he de decir, fue mudando en una creciente rabia, que acabaría desembocando en un odio visceral hacia su persona, y hacia todo aquello a lo que usted representaba, así como al reflejo despreciable que su figura generaba en la sombra y que a la larga acabaría siguiendo sus pasos destructores, disfrazado como una óptica de cambio, curiosamente como usted en sus principios.
Vi a muchos que quedaron sin palabras cuando volvían su memoria del revés para observar en el tiempo su devastador periplo hacia quién decía defender. Asumido su papel de UBU palurdo venido a más, usted, señor Isidoro, se dedicó a fabricarse la imagen de un ídolo de masas con vistas a pasar a la historia, olvidándose por cierto de afianzar sus cimientos, es decir sus pies, que como los de todo megalómano ignorante suelen quedar de barro.
Se la jugó a los de su propio equipo, desprestigiando sus ya miserables personas y abandonándolos en pro de su beneficio personal. Se colocó usted por encima de una ley, y una institución a la que juró respetar, ajeno a los escrúpulos de una inexistente conciencia, que supo callar con la lápida millonaria de la corrupción.
Hoy día, bañado, parece ser, con el don divino de la sapiencia, se pasea usted de entrevista en entrevista, dando la imagen de un dios que se apea de su Olimpo para dar consejos y pautas a sus descabezados discípulos, del mismo modo, y con la misma tranquilidad, se alía usted, con sus amigos empresarios que a las sombras, y no tanto, dirigen el designio funesto de este país. Situándose como punta de lanza espiritual en el barrido ideológico que ejercen las empresas energéticas sobre esa plebe en la que tantas veces, otrora, usted se meó.
Le contaré algo señor Isidoro: Muchas veces recuerdo a mi vecina Pura, casi otra madre para mí. Tenía en el mueble de su salón, encima de la televisión una fotografía suya enmarcada, la tuvo muchos años, y en más de una ocasión la vi besando aquella foto con los ojos chispeantes. Muchos hijos tuvo Pura, el más pequeño es mi amigo del alma, juntos nos reíamos de las ocurrencias de su madre, que también lo era un poco mía. Pura murió hace unos años, casi tan pobre como había vivido toda su vida. La resignación fue una constante en aquellas personas que se justificaban en un pasado franquista para aguantar tristemente su presente.
Pienso en aquellos besos a su fotografía señor Isidoro y acaricio mi cutex de cristalero, ese mismo que besa mis manos con pequeñas cicatrices rosadas, y pienso también en mi odio, en mi cutex, y en sus labios, y creo señor Isidoro, que si le tuviera delante se los cortaría con el cutex para que nunca más engatusara a nadie con ellos, para que el complemento de su lengua viperina desapareciera dejando su rostro como lo último que nadie quisiera tener sobre la tele. Si Pura leyera esto probablemente me daría un cachete increpando mi salvajismo, pero ella, al igual que otros muchos a los que usted traicionó, ya no está, y yo, de alguna forma señor Isidoro, soy guardián de su memoria, y por tanto tengo ese derecho a actuar por ellos.

Así y para terminar, señor Isidoro, le invito a que piense, antes de que la premura de la muerte le haga reflexionar como a todos, le ofrezco la soledad de su propia meditación, también le diría que como si de un huido nazi se tratara se escondiera usted en Brasil o donde le plazca y deje de aparecer en nuestras vapuleadas vidas sintiendo una omnipresencia que nunca tuvo, desarrolle su afición jardinera y piense, piense, en ese sur sobrado de grados, pegado al terruño al que usted traicionó, por ponerle un ejemplo, piense en lo que creó, piense en Pura y en otros tantos como ella, y después de pensarlo señor Isidoro, suicídese o desaparezca de una vez de nuestras vidas, que ya tenemos bastante con la infamia que nosotros mismos creamos y dejamos crecer.



El reverendo Yorick.

la entrada del jardín botánico

Ayer acudí como cada semana al jardín botánico, en busca, como siempre, de un escondrijo que me permita descansar, estar tranquilo, y de paso comerme el bocadillo que me hace de alimento cuando trabajo.
Pero no pude pasar. Un cartel bien grande atraía la vista de los visitantes antes de pasar por taquilla, en él se indica la nueva tarifa de precios para el año 2011, produciéndose un incremento en la entrada con respecto a años anteriores de un cien por cien, o lo que es lo mismo, antes costaba la entrada 1 euro, y ahora cuesta 2.
A los pocos que lean esto, les puede parecer nimio el que yo fije mi atención en tan poca cosa. Pero para mi, es bastante significativo semejante cargo, pues nos da una idea exacta de nuestro nivel de resignación social, que nos hace aceptar con indiferencia la carencia de la vida, que es absolutamente desproporcional con los niveles de los salarios más bajos.
Hace no muchos años, la subida de una o dos pesetas en el pan o en la leche, provocaba protestas masivas de ciudadanos, así como cuando la subida se aplicaba al butano o a la luz. Sin embargo, en nuestros días la indiferencia esta generalizada, con la consiguiente lectura obvia de que nuestros mandamases adinerados pueden seguir haciendo con nosotros lo que les plazca.

Verdaderamente ayer no fue un buen día, y el tema de la subida del precio del botánico tampoco ayudó, siendo como es, uno de los pocos refugios que quedan en esta ciudad. Refugio al que acudo, como decía antes, a desintoxicarme durante la hora de la comida.
Conozco bien sus recovecos, sus diferentes parterres, sus bancos más recónditos, sus amables y sociables gatos, que acuden generosos a hacer nuestra estancia más agradable.
Una de las pocas cosas que puedo agradecerle a un banco, fue que cuando me matriculé hace ocho años en el segundo año de universidad, uno de ellos había irrumpido en el campus, y a la hora de hacerme la matrícula tuve que crear una cuenta que nunca usé, lo bueno fue, que el carné de estudiante de ese año, formaba parte de la estrategia del banco, y asemejaba una tarjeta de crédito, con mi foto integrada, no ponía curso ni ningún dato más, así que llevo utilizándolo desde entonces como carné de estudiante. Ahora tendrá una utilidad más, el que yo pueda seguir disfrutando del jardín botánico al mismo precio que antes, que ya me parecía caro. No siento arrepentimiento ninguno al saber de las inconveniencias que pueda ocasionar mi pequeño fraude, es más, a partir de ahora mirare la forma de colarme por la puerta por la que entran los operarios y salen los desechos, intentando como siempre que mis pequeñas desobediencias me sigan ayudando a vivir.

el reverendo Yorick.

Por tierras de siempre

Bajo de la bicicleta jadeante y sudoroso para sentarme bajo un olivo. El viento frío borra de mi cuerpo la tibieza de unos tristes rayos de éste Sol de invierno.
Me encuentro en la ladera de la sierra de la Concordia, curioso nombre, pienso, bautizado por seres siempre proclives al odio y al rencor.
A mis pies se extiende el valle, sembrado de frutales y hortalizas, el camino por el que he subido serpentea entre ellos. Un olor a coliflores recién cortadas impregna el aire, procedente de un huerto cercano. A mis espaldas la sierra esconde sus picos más altos. Hacía el fondo del valle otras montañas agazapadas tras la bruma custodian el vergel que se extiende a mis pies.

Aquí sentado me pregunto que hubiera pasado si Antonio Machado hubiera tenido una bicicleta de montaña y la voluntad suficiente para recorrer los paisajes segovianos y sorianos en los que le tocó vivir. ¿Hubiera cambiado de opinión sobre aquella tierra?
Pienso que no es lo mismo contemplar que recorrer, y que en el primero de los casos, lo que no alcanza la vista lo añade la imaginación, y en el segundo, las certezas tangibles se ocupan de rellenar las lagunas donde no llega la vista. No me hubiera importado hacerle de escudero, de Sancho Panza si fuera preciso, para alumbrar conversaciones inmortales con Juan de Mairena, o con Abel Martín. Recorrer la ancha planicie castellana sembrada de granos, conversar con los segadores procedentes del norte, que bajaban andando desde León o Galicia, temblar con el desasosiego del hambre, y enriquecer las noches frías con historias sentados ante la lumbre.

Pedalear día tras día, respetando la soledad de quien se alimenta con ella, y recorrer el mapa trágico de los “sin tierra” que la acabarían regando con su sangre, bajo un destino marcado con una guerra que nunca podrían ganar.


Yorick.

los zopilotes

No vuelan, pero del mismo modo planean sobre ti, con paciencia infinita esperan que tus fuerzas te abandonen, aunque estos imitadores obligan al medio para conseguir su fin. No comen carroña, pero son carroñeros a la manera de que acaban contigo exprimiéndote hasta la aniquilación, sin que su fin sea acelerar tu descomposición como sus homónimos aéreos.
Al contrario que ellos no cubren su cuerpo con bellas plumas gigantes, sino que camuflan sus orondos kilos enfundándose trajes de la mejor calidad. Sus garras son tu necesidad, de ella depende que el agarre de su presa sea mayor o menor. No anidan en cárcavas ni buscan refugio en los roquedos, sino que habitan lujosos locales que saben vestir de diseño. Con cada moneda que tienes ganan treinta, pues a ellos te entregas sin elección. Con tus despojos alimentan a otros, que ya destacan en su lista de depredación.
Pero al igual que en plena naturaleza todo tiene un porqué, así si crece la población de conejos, las rapaces criarán más de un pollo, y si disminuye, un solitario chillido es el que se oirá en sus nidos.
En el caso de estos zopilotes urbanos, si aumenta el número de impagos y el número de pobres, ellos necesariamente disminuirán pues su propia falacia capitalista necesita de un ejercito de descerebrados consumistas, entonces:
¿Hasta donde llegará su avaricia?

El tiempo continua su andar infinito, ajeno a remedos, posiciones o imposiciones. Sin ninguna piedad borra aquellos rostros de los que alguna vez existieron ¿Creerán los zopilotes que alguna clase de suerte divina está con ellos?
Dicen los historiadores que las revoluciones solo son coyunturas predecibles... Puede ser, pero aquellos que caen degollados en ellas tienen mucho que perder
Puede que veamos caer muchos en los próximos años, la lista ya empezó hace unas semanas en Olot.

el reverendo Yorick.

felíz falsedad*

Ya terminó otra navidad, otro periodo donde se apodera de casi todos una catarsis colectiva por cumplir con unas pautas que se repiten año tras año, con el agravante de que cuanto mas pasa el tiempo, mas se encaminan las fiestas a convertirse en una orgía consumista. Haciendo de todos los días que la componen en un ir y venir de gentes cargadas de bolsas, acicalando sus casas, sus personas, sus mesas, en un desagravio contra la moderación y la calma. Los mismos mensajes de todos los años son repetidos hora tras hora, día tras día, por televisiones y periódicos, por personas de todo tipo que caen aducidos por la vorágine colectiva. Estos días, sin ningún tipo de disimulo, el capitalismo consumista se muestra en todo su apogeo y poderío, todos los comercios suben los precios, en los mercados, el despropósito llega al paroxismo, pues productos de los mas humildes encarecen durante estos días, sin que los comerciantes tengan escrúpulos en hacer la vida más difícil de los que menos tienen. Observo a personas mayores que hacen sus compras en el mercado durante todo el año, casi siempre mercan lo mismo, unos arreglos para sopa, alguna pescadilla, lo que sus exprimidos bolsillos les permiten, sin embargo, los pescaderos no tienen compasión durante estos días, y argumentando la subida de precios en las lonjas, no dudan en vapulear la menguada economía de sus clientes de siempre. Lo mismo ocurre en las verdulerías y carnicerías. En estos días, todos se olvidan de los problemas, nadie se acuerda de la tragedia cuyo umbral ya pisamos, y que muchos ya rebasaron hace tiempo. Sumergidos en una situación de ahogo constante, todos olvidan por unos días con el ansia de comprar. Depositando para mayor derrota sus esperanzas en un décimo de lotería, sin querer saber que el único que se enriquece es el estado, que les ofrece otra vía más para gastar su dinero.
Como colofón a toda esta locura se añade el día de reyes, donde las víctimas son los niños que abren sus ojos engatusados por una de las mayores mentiras a la que se enfrentan en la vida, abandonados a ella con la complicidad de sus padres, que creen alimentar una ilusión, cuando lo que de verdad hacen es implantar una decepción y una terrible costumbre que perdurará en el hacer diario de sus hijos durante toda su vida: mentir. Justificar la mentira, para que luego las acepten en la esclavitud de sus existencias.
Empachados por felicitaciones absurdas que a la semana siguiente nadie recuerda, y el odio y la indiferencia vuelva a apoderarse de las calles, formulas absurdas creadas para alimentar un futuro que nunca llegará: “Feliz año nuevo, felices fiestas, que te traigan muchas cosas los reyes.” Así hasta pasado unos días, donde volveremos a ver las caras vueltas por la calle cuando nos cruzamos con los que siempre evitan el saludo, donde nadie querrá saber nada de los demás y seguirá alimentando ese individualismo solitario e insolidario que se resume en el: -mientras no me pase a mí-
Así está el mundo, así lo crean estados y religiones y así lo permitimos todos, orquestados por una liturgia del fracaso que cumplimos al pie de la letra, así que pasada la navidad, llegaran las rebajas, la semana santa, las vacaciones de verano, y de nuevo otra navidad, mientras consolidamos nuestra vida de esclavos y cada vez aceptamos más pertenecer a un rebaño más grande y fácil de pastorear.

*título de un tema de Sociedad Alcohólica

Yorick.

Oficios entrañables del pasado para el futuro. Parte I

En estos tiempos de crisis que corren, donde la bonanza económica no es más que un amargo recuerdo que amenaza con hacerse más lejano cada vez, donde se acabaron las vacaciones exóticas, la vivienda en forma de loft, y aquel volvo, al que no llegamos ni ha hacer el rodaje, antes de que nos fuera embargado, condenándonos a volver al autobús, como medio de transporte, a los barrios de obreros, a habitar esos pisos estrechos sin ascensor, donde el olor de los manjares de los restaurantes caros se cambia de golpe, por el olor a pucheros, frituras y sardinas que sube por el patio de luces de las humildes viviendas. Y en vista de que el asunto parece que va a durar unos cuantos años, en los que esperamos se les abran los ojos a la mayoría, hemos decidido, después de mucho pensarlo, hacer un bien a la humanidad, velar por sus intereses, y hacer que el desangre de sus menguadas carteras se ralentice lo más posible, mientras las hojas de calendario van cayendo camino de ese amanecer que es el principio de mes, y la llegada de un nuevo aunque exiguo sueldo.
Tras pensarlo fría y detenidamente, y hacer algunas observaciones sobre el terreno, hemos decidido recuperar una serie de oficios, si se les puede llamar así, o formas de buscarse la vida, que la bonanza económica llevó al olvido, pero que en tiempos de la posguerra fueron muchos miles de personas las que se dedicaron a ellos, así que con el fin de que las generaciones que no vivieron estas ingeniosas profesiones se hagan eco de ellas pasaremos revista desde aquí, a las más productivas y a las menos penosas pensando siempre en el bien que hacemos a nuestros vecinos en particular y a la humanidad en general.

Hemos optado por empezar por una profesión de las más productivas, dado el ensañamiento que el estado se toma para con el precio del producto sobre el que trabajar, nos referimos al tabaco, que sufre subida tras subida, convirtiéndose este en un artículo de lujo. Y si, es cierto que en los últimos años así ha sido, pero no siempre estuvo visto de semejante forma, pues convertido en un vicio hoy día, en otros tiempos no era sino la forma de evasión más barata que existía, el poder relajarse echando unas caladas, que nos hicieran olvidar las horas de trabajo, o los gritos de nuestra prole, las exigencias de la parienta, o matar los nervios antes del fusilamiento y de paso alargar nuestra vida unos minutos, un evasivo relajante que nos trasladaba a otro mundo tras las primeras caladas.
En vista de que el precio de una cajetilla de tabaco se acerca peligrosamente a la frontera de los cinco ecus, hablamos hoy aquí de un oficio que sacó del hambre a muchas familias: LOS COLILLEROS. Personas que se dedicaban a recoger colillas a las que quedaran un trozo sin quemar, para más tarde deshacerlas, volver a secarlas y empaquetarlas sencillamente, creando unos paquetes llamados de picadura, que hacía el gozo de ociosos y necesitados, aunque estos últimos funcionaban como autónomos, fumándose al instante las colillas que aun aprovechables se cruzaban en su camino. El inconveniente principal de este oficio eran las largas caminatas que se efectuaban para recoger las dichosas colillas, aunque parece fácil, no era un trabajo carente de ciertas técnicas y trucos. Por ejemplo, y según pudimos observar el otro día sobre el terreno, no es lo mismo andar buscando colillas por un barrio humilde, que hacerlo por uno donde el nivel económico de sus habitantes sea más boyante. En nuestras observaciones, pudimos apuntar que en los primeros, las colillas están apuradas al máximo, incluso en algún caso, un ansioso se había fumado medio filtro, sin embargo, basta cambiar de barrio, para empezar a encontrar piezas de gran calidad, por la mitad, o en bastantes casos cigarrillos tirados apenas empezaban estos a consumirse. Un hallazgo por otro lado. También los centros de ocio marcan importantes pautas, a diferencia del cine de reestreno, en los alrededores de las plazas de toros, se suele recoger una buena cosecha, en las puertas de los teatros decimonónicos y en las llamadas “millas de oro” de las ciudades, donde no es extraño toparnos incluso con algún puro habano, que dotará sin duda de una calidad suprema a nuestra mezcla casera.
Otra ventaja indiscutible de este oficio es que puede participar toda la familia, sin importar la edad que se tenga, los niños a partir de cinco años, ya pueden andar con su bolsa recorriendo las calles, para al final del día, y ya, toda la familia pasar a la siguiente fase del trabajo, que consiste en deshacer las colillas para recuperar las hebras, que una vez mezcladas se aproximarán a una fuente de calor, que acabará con humedades y dejará el producto preparado para su embolse y posterior venta.

Esperamos desde aquí haber puesto luz en la negrura del túnel diario de algunos y que con ese humilde recordatorio ayudemos a que la prosperidad familiar ponga rumbo a la tranquilidad y al desahogo económico, colaborando de paso con la limpieza de nuestra ciudad y con el medio ambiente.


el colectivo editorial.

elogio del suicidio

Murió Mario Monicelli. Desde hace meses vivía perseguido y acosado por un cáncer de prostata, y por la edad. Quizás en un último momento de lucidez se arrojó por la ventana del hospital. Su padre, también se suicidó. Esta fue una loable enseñanza que le quedó al hijo, que viendo su cuerpo y su mente caer en la miseria de la enfermedad, conejillo de indias de médicos, con las banales promesas de recuperación a la que son sometidos todos aquellos en los que hace presa el deterioro físico, decidió acabar de una vez, antes de que ni siquiera su conciencia se opusiera a ello.

El suicidio no es una vía muerta. Es más bien ejercer el último derecho que realmente nos queda, el de la autodestrucción. La elección de algo que nadie nos puede quitar,la elección del fin de nuestra propia vida.
Si ya tenía admiración a Mario Monicelli por su cine, por su sentido del humor, ese que siempre nos salva de la estupidez del hombre, para mí, su obra queda redonda. El epílogo a una vida crítica se resuelve de la manera más feliz posible, y quizás la única honesta que le quedaba.
La primera vez que me topé con su obra, fue en el cine Doré de Madrid, la filmoteca, hermoso edificio que luce sus años con la belleza que otorga el cariño de un público amante del buen cine. Allí, reí a gusto viendo Rufufú, sorprendido de que pudiera haberse hecho una maravilla semejante, admirado del grado de complicidad de los actores, que otorgan a la película de mucha de su savia. Admirado de la dirección del film y de su fotografía, de su historia, de toda ella en general. Luego vinieron otras filmotecas, y otras películas, y en mi preferencias cinematográficas siempre su nombre.
Hoy mi admiración por él se acrecienta, motivada por el fin que el decidió poner a su vida, ajeno ya a las críticas, a las religiones, y a los dedos que intenten señalar a su fantasma, que se funde libre con ese aire que todos respiramos, donde puede que al aspirarlo muchos se contagien del buen sentido de un hombre cabal.


el reverendo Yorick.

CONGRESO SOBRE MISANTROPÍA

El psiquiatra se ajustó el nudo de la corbata apurando los últimos minutos que le quedaban antes de volver a la sala de congresos. Maldijo para sus adentros el momento en que se le ocurrió la idea, el momento en que se dejó convencer para estudiar psiquiatría, el momento en que se creyó que era alguien. Ahora, al borde del hundimiento personal y profesional había inventado este grupo de trabajo con la esperanza de remontar el vuelo, de volver a ser un nombre dentro de la profesión, y por el contrario todo estaba siendo un desastre. Sus colegas allí reunidos no tardarían en firmar su acta de defunción profesional. El congreso llevaba todas las papeletas para ser un fracaso absoluto desde todas las perspectivas y la psiquiatría en general se quedaba en pelotas ante los sujetos que se habían presentado voluntarios en busca de sus minutos de gloria, pues lejos de querer curarse, los muy cabrones se dedicaban a dejar fuera de juego a todo el gremio de loqueros de la ciudad, cuya única respuesta ante el problema iba siempre a parar a los electroshock o a la medicación compulsiva y anulante de la voluntad. Ante ese panorama, los invitados dejaban correr sus turnos de palabra, y las ideas brillaban por su ausencia. En ese instante se dio cuenta de lo estúpido que era seguir con aquello, que él, en realidad nunca había tenido vocación, y lo peor, que en los años en los que desarrolló su profesión, no dio con un solo doctor que la tuviera, que el objetivo general de tan aclamada ciencia no era otro que anular al paciente por completo, que de manera dócil sería devuelto a la sociedad con sus sentidos y sensibilidades mermados para dejar de causar problemas.
Y por el contrario allí estaban aquellos doce, respondiendo a los test tan alegremente, y con respuesta para todo. Con una frialdad a prueba de bombas, y convencidos de lo que pensaban, apoyados también por la falta de respuestas de todo el colectivo psiquiátrico de la ciudad.
CONGRESO SOBRE MISANTROPÍA. Ahí es nada. Ha resultado ser como cuando un cura trata de convencer a un agnóstico de la existencia de Dios, y este le rebate y le increpa todo el rato a que le explique lo de la santa trinidad. Todavía le retumba en la cabeza la respuesta de aquel tarado de la camisa a cuadros cuando se le preguntó en el test, que le gustaría ser si volviera a nacer. Y contesta el cabrón que el virus del ¡Ébola! Y los demás para colmo se ríen o le felicitan, y allí abajo, los doctores con cara de berzas mirándose unos a otros. Los pacientes, que dudo ya si el apelativo se puede aplicar a ellos con corrección, dan muestra de una cordura absoluta, salvo por su odio infinito hacía el ser humano, sin llegar a ser una conducta criminal, pues hasta la fecha ninguno de los estudiados tiene ningún tipo de antecedente delictivo. Como el ejemplo del virus de Ébola había otros once, de capacidad destructora parecida, o menos sofisticados pero igual de eficiente.
Y ahora tenía que volver a la sala, a cerrar el congreso, a exponer las conclusiones de los comportamientos misántropos, a convencer a los presentes de que había una línea de estudio e integración abierta. Y nada de eso era cierto. No había nada, solo una incapacidad común para reconocer que semejante forma de pensar no dejaba de tener razón, y que desde luego era generada por esa sociedad idílica a la que él pertenecía, pero que en su estatus de psiquiatra no percibía en su totalidad, que la burbuja social en la que se veía inmerso distaba mucho de los problemas reales, y que estos no se solucionan sin saber su origen ni su desarrollo.
Cerró la puerta del baño y se dirigió a la sala de congresos. A un lado del pasillo quedaba la puerta de esta, enfrente, al otro lado la puerta que conducía a la calle. Tomó la dirección de esta última, abandonó su ponencia en una papelera y se perdió entre la gente.

Yorick.

trabajar

-Hijo mío, que no te falte el trabajo-
Este es un ejemplo de las frases que se suelen oír al cabo del día, cuando hablas con la gente. Hay otras variantes, pero en conclusión todas vienen a decir lo mismo.
Pero: ¿Qué significa en realidad ir a trabajar? ¿Qué beneficios obtenemos de ello?
Antes de que salga el Sol ya estamos de pie, preparados para entregar otra jornada de nuestra vida a alguien que nos paga por ello. Desde que llegas a tu puesto de trabajo tienes la sensación de que debes algo a alguien, siendo ese, como es, el peor error de los trabajadores. Pues quien te contrata lo hace porque te necesita, e intercambia tu capacidad de trabajo, y tu experiencia por un dinero establecido por el estado, obviando la plusvalía que genera tu trabajo diario. ¿Que quiere decir esto? Que todo el beneficio que se genera del conocimiento y esfuerzo de los trabajadores va a parar al empresario. ¿Entonces, porqué caemos en el error de hacerlos más fuertes de lo que son?
Decía Antonio Machado en su maravilloso libro: Juan de Mairena, que la sacralización del trabajo era un mal para el trabajador, que supone aceptar una sumisión inexistente, que un trabajo se rige por la firma de un contrato, y que esto significa que cambiamos nuestra fuerza y capacidad por una nómina monetaria. Y hasta ahí llega el asunto, que todo lo que hagamos de más es beneficio que no nos va a repercutir en forma alguna. Que con las horas que se pasan fuera de casa, lejos de la familia y entregando minutos a una empresa, estamos rindiendo nuestra propia vida, las horas robadas a nuestros hijos, a nuestras familias, o a nosotros mismos. Qué no somos responsables de la mala gestión empresarial de otros, ni de sus fracasos ni de sus mierdas.
Verse envuelto en esos humores pestilentes de quién nos paga es más que indignante.
En esta semana he visto lloriquear y quejarse de la crisis a tres pequeños empresarios. Tres pequeños empresarios que han ganado dinero abundantemente durante los años pasados. Que sin rendir cuentas ha nadie han preferido guardar ese dinero para su disfrute personal. Me parece muy bien. Yo se lo que firmo y lo que no firmo. Pero...Llegados los días en que el trabajo flojea, en que el nivel al que están acostrumbrados baja, y en que el lloriqueo se convierte en un asunto de estado, muchos aprovechan para esconderse tras ese lloriqueo, tras esa crisis, para ajustar cuentas con sus empleados. Para estirar lo inestirable, para sembrar incertidumbres, para demandar esa sacralización a la que se refiere Mairena.
Ahí es donde se demuestra la clase de cada uno, la falsedad de las sonrisas forzadas de la mañana, y el interés que verdaderamente demuestran por ti.
Quizás sea ya la hora de demostrarles lo que es la desafección. De ignorar sus conversaciones banales, de negar sus comidas de empresa, sus regalos de navidad, toda esa parafernalia ramplona con la que quieren compararase con nosotros. !NO! no hay conciliación ninguna ante quién abanica su título o su licencia de apertura en tus propias narices. Si jugamos a su manera, que no esperen de nosotros nada más que lo que estipula un maldito contrato que ya nos hace gotear horas de vida en el saco insaciable de sus malditos trabajos.

el reverendo Yorick.