la memoria de los olores



Sucede en cualquier momento de nuestra vida. Para aquel que no lo ha descubierto aun, supone adentrarse en nuevos caminos dentro de su propia memoria, y ahondar más en sus propios recuerdos.
El gesto fortuito, que nos hace pasar distraídamente por los alrededores de un jardín, de un horno de pan, de un almacén de cereal, y que inmediatamente, nuestro cerebro active una alerta de reconocimiento de ese olor, retrotrayéndonos a un pasado ya vivido, algún pasaje de nuestra infancia, de la juventud, la presencia casi olvidada de alguna persona que se arrimó lo suficiente a nuestra vida, como para dejar una impronta que se memorizó en nosotros a través de un perfume, o de su olor corporal.
Esos olores se hacen familiares, se quedan a vivir contigo, y de alguna forma, cuando los reconoces en cualquier parte, te dan la seguridad de que su presencia guarda algo en comunión contigo mismo que te hace ser quien eres.
En mi caso, el archivo de olores de mi memoria es amplio, a través de ellos, rememoro lugares, personas, situaciones mas o menos agradables, que me hacen adoptar una perspectiva diferente del presente, y como estar conmigo mismo. La sensación de seguridad que me pueda dar una vivencia del pasado en el presente me reconforta. Aunque el recuerdo en cuestión no fuera de mi agrado, el hecho de haber sido vivido me supone enfrentarme a mi presente de forma distinta.
Los olores que más intensamente me sumergen en mi pasado, son los de algunas flores y árboles. A pesar de la intensidad con la que pueda recordar, digamos, por la cercanía de un animal, es en el caso de ciertas plantas, donde podría cerrar los ojos y ver la escena recordada perfectamente. Especialmente en tres casos: El jazmín, la higuera, y el azahar.
Suelo achacar la intensidad de esa ecuación de olores-recuerdos, al hecho constante del nomadismo que ha acompañado mi existencia. Bien es sabido que no todas las plantas y árboles se adaptan a todos los climas. Así, estas planta y árboles, están principalmente ligadas al sur donde nací.
El haber viajado a otras latitudes, con otro presente, hace que los recuerdos tomen un tono sepia, y que sean discretamente visitados.
De esa forma, el encuentro fortuito con alguno de esos olores. Se presenta como un agradable despertar que dota de color, y de voces a aquellos recuerdos que caminaban fosilizados hacía algún lugar de la memoria.
Basta ese encuentro para reactivar una memoria que ya no me abandona, sin la necesidad de viajar con un vivero portátil, los recuerdos consiguen reactivarse a través del olfato, como otros lo hacen a través del gusto, del tacto, o del oído.
De la vista no digo nada, porque es bien sabido el lugar omnipresente que ocupa en nuestras vidas. Relegamos voluntariamente los otros sentidos de los que disponemos, perdiéndonos penosamente todas las sensaciones excitantes que nos pueden provocar. Seguramente, que mi afán por desarrollarlos y conservarlos haya sido el detonante de que esos recuerdos relacionados con los olores se presenten con tanta intensidad. Un placer, que me sirve de aliciente para probar suerte con el tacto, el oído y el gusto.

Yorick.

Del diario de un decepcionado.

Está amaneciendo. Me visto despacio y salgo de casa, enciendo la luz de la escalera, una luz mortecina que proviene de una bombilla cubierta de polvo, no importa, conozco cada rincón de este edificio, podría bajar y subir a oscuras sin rozarme por la mugrienta pared. La puerta de hierro acristalada del portal chirría como siempre. Me recibe el olor a alcantarilla de todas las mañanas, proveniente de la reja de ventilación que hay en la acera, justo delante de la puerta, hoy no se ve ninguna rata. El edificio de enfrente ofrece el aspecto mugriento de todos los días, igual que el del que acabo de abandonar, unas manchas de humedad producidas por un canalón que tira más agua de la que recoge engalanan sus paredes. Los habitantes de estos edificios llenan los desvencijados balcones con macetas intentando dotar de belleza a la mismísima fealdad. Unas botellas de butano ponen la nota chillona a lo largo de toda la calle. El camión de la basura aun no pasó, y un olor acre proviene de los contenedores que rebosan bolsas pestilentes, los gatos han desparramado el contenido de algunas por la acera, una mancha oscura rodea permanentemente el rincón donde hace años se deposita la basura. Cuando salga el sol, este rincón estará poblado de moscas y el olor crecerá.
Al desembocar en la avenida, la humareda del autobús que acabo de perder me envuelve por un momento, la calle está desierta, al fondo un bar, de aspecto inenarrable merca café y coñac a los desgraciados que se enfrentan a una jornada interminable de trabajo. Como yo.
Decido caminar hasta la siguiente parada de autobús, mientras observo a mí alrededor. Los edificios grises, apagados, cubierto de una patina oscura de polución asemejan las salas de una consulta médica, sus tejados cubiertos de una maraña de cables, antenas y tejas desvencijadas son ensombrecidos por el humo negruzco de las calefacciones. En el suelo, en los huecos que quedan después de la marcha de los coches, unas manchas de aceite ennegrecen el ya oscuro asfalto, las aceras están minadas de excrementos de perros y las esquinas marcadas con sus meadas. Se hace insoportable no encontrar ninguna armonía en este caos. En la siguiente bocacalle, cambio de opinión y voy en busca de la entrada del metro. Un aire cargado y rancio sale de la abertura, que me engulle mientras el resplandor de los tubos fluorescentes me encandila.
Soy adelantado por una multitud que avanza deprisa inmersos en sus miserias, empujan intentando robar segundos al tiempo para llegar a sus absurdos cometidos. No se oye ni una risa, ni una conversación, solo el ruido de los pasos de cientos de personas y los chirridos y bufidos que provienen del fondo de los túneles, donde la serpiente de metal, engulle y vomita gente constantemente. A sus entrañas nos dirigimos todos atrapados por el destino.
En el vagón, los olores no dejan de llegar, viajamos hacinados e impregnados de humanidad, en una curva, la luz del vagón se apaga, quedando solo un par de tubos encendidos, la imagen que ofrecemos es demencial, las cabezas tambaleantes se mecen sin resistencia, adormecidos por el paso de los vagones sobre los espacios de dilatación de los raíles. En la estación de destino casi soy sacado en volandas del vagón, las escaleras mecánicas están abarrotadas de gente, unos van parados, pegados a la derecha y el resto sube por la parte izquierda, como una fila de hormigas.
Al salir a la calle, el mundo se ha transformado, un ruido infernal proviene del tráfico, pitadas, acelerones y músicas encapotan los oídos. Todo el mundo corre. Pasamos de la somnolencia del metro a ser atrapados por una prisa absurda que no nos abandonará el resto del día. Retazos de conversaciones se oyen aquí y allá, el partido del sábado, las salidas de copas, -que cansino es todo- pienso al andar.
Me dirijo al polígono, donde está la fábrica donde trabajo, algunos compañeros me saludan con la cabeza. Los inmensos camiones ya bloquean la rotonda, así será durante gran parte del día. En la entrada de la fábrica cojo mi ficha y la introduzco en la gran caja azulada con un reloj, un golpe seco me indica que la hora de entrada ha quedado grabada en el tarjetón. Voy al vestuario, saludo a los hombres que me encuentro y me dirijo a mi taquilla a cambiarme de ropa. La funda azul desprende un olor a óxidos metálicos, me la pongo, así como las pesadas botas. Apuramos los últimos minutos echando un cigarro, hasta que la estridente sirena marque el comienzo de la jornada. Desde ese momento nadie habla, cada uno en su puesto trabaja sin levantar la cabeza, ni siquiera sin comprender que son esas piezas, que van de mano en mano, de puesto en puesto, hasta la sección de embalaje, donde serán empaquetadas y enviadas a otra fábrica para su ensamblaje final. Levanto un momento la cabeza y miro a mi alrededor angustiado, el reloj de la pared, apenas marca diez minutos pasados después de las ocho de la mañana de un lunes cualquiera, de una semana cualquiera de un año cualquiera, de cualquier persona como yo.


Rafael Becerra.


Extraido del número 2 de la revista Renderén

Diez premisas para salir del infierno de los necios

Por el reverendo Yorick.

1.- Si crees ser único, ¿Porqué haces exactamente lo mismo que los demás? Algo habrá que te diferencie ¿no? Podrías empezar explorando esa posibilidad.

2.- Si piensas que todos los políticos son iguales ¿Porqué sigues votando indistintamente a unos o a otros cada vez? ¿Tú eres de los que piensas que la abstención se suma al ganador…?

3.- Deberías hacer una desintoxicación televisiva Si ni siquiera la mira ¿Por qué la mantienes encendida?

4.- Prueba con la radio, y no me refiero a radio fórmulas para descerebrados. Busca, que algo encontraras.

5.- Intenta ir andando a algún sitio, sin coger tu amado coche, de paso comprobarás en tu pellejo, la educación vial que profesan tus congéneres. Y ya que caminas fíjate, en la falta de espacios verdes, de carriles bicis, y de parques libres de “ mierdasdeperrosdemarca” que hay en tu ciudad.

6.- Soportarás estar una semana, sin comprar nada que no sea absolutamente necesario. Pues debes hacerlo, y medita sobre la procedencia de tu compra y la necesidad que tienes de ella.

7.-¿Conoces a tus vecinos? Y no me refiero solo a esas personas que te incomodan en el ascensor. ¿No tendrás problemas para comunicarte?

8.-Siguiendo con el mandamiento anterior, toca semana de las buenas acciones, pero ¡ojo! Que no hay medallas, solo valora, como esta de necesitada la humanidad de personas como tú.

9.-¿Haz analizado alguna vez tu situación laboral? ¿Cuántas horas trabajas gratis? ¿Cuantos incumplimientos por parte de la empresa aceptas como trabajador? No crees que sea hora de hablar con tus compañeros y cambiar las cosas.

10.- En general, busca los motivos de tu frustración, como persona, como trabajador, como ciudadano, y no eches la culpa y lo pagues con alguien más débil que tú. Generalmente, es al contrario, los males no vienen de abajo, sino de arriba.


Si eres capaz, de enfrentarte, a la persona que aparece en el espejo, cuando te asomas, planteándole una pregunta de vez en cuando, puede que no estés tan lejos de abandonar el infierno alguna vez, aunque si lo que yo llamo infierno, para ti, es el paraíso, irremediablemente no nos vamos a llevar bien.

la tercera edad

Se llenan los parques de aparatos gimnásticos. A cualquier hora del día, esforzados ancianos aprietan sus cansados cuerpos que parecen crujir ante el esfuerzo extra.
El higienismo se impone, el acoso de la presión social ante el cuerpo trabajado hace que hasta los mayores ocupen sus horas muertas castigando sus anatomías, sus discursos optimistas sobre lo saludable y necesario de estos comportamientos dan escalofríos.

¿Es la necesidad de demostrar a los demás su estado de forma lo que los obliga?

Apartados del mercado laboral muchos mayores pierden el norte, y buscan desesperados como llenar ese vacío laboral, al mismo tiempo se esfuerzan porque la vida no los margine, para no sentir las miradas esquivas de una juventud que se aparta de ellos, temerosos de que su presencia les recuerde la cara de su futuro.
Por otro lado, la Seguridad Social, lanza su taimado mensaje, la campaña de optimismo social hacía la tercera edad, pretende vaciar los ambulatorios de esos enfermos imaginarios que son los ancianos. Enfermos de normopatía, que una vez perdido el derecho a la esclavitud del trabajo diario, vagan de depresión en depresión, de enfermedad en recaída, de hastío a cansancio de vivir, y en general de aburrimiento.

Estos parques, convertidos en centros de disciplina y trabajo se presentan como la punta de lanza de una campaña medida al milímetro. Un esfuerzo para que nuestra sociedad supure felicidad hasta el final de nuestros días. Para dejar entrever que todo el mundo tiene sitio, y Estado se ocupa de todos nosotros.

Ver a los jóvenes lanzar piedras o cócteles molotov en las manifestaciones tiene una lógica por lo rebelde de la edad, pero ver a los viejos sería lo lógico, ya que son ellos los que más han vivido, los que más han claudicado y los que por derecho deberían estar levantando barricadas y explicando a otras generaciones porqué hay que hacer una revolución.

el reverendo Yorick

Sí, pero...se mueve

Dice el periódico que Arabia Saudi desarrollará armas atómicas si Irán lo hace. Lo dice sin pudor a sus aliados americanos, a sabiendas, de que estos, intervendrán mediante sus sutiles métodos coercitivos a su favor.
En el peor de los casos, la tentación que pueda arremeter contra cualquier megalómano de cualquier país ante el poder del armamento atómico, no tiene discusión alguna. En manos de cualquiera de estos, vistan corbata o salacoff, supone una forma de presión constante hacía sus vecinos, y hacía quienes no lo son.
¿No es el miedo un instrumento castrador por si mismo? La tentación de disponer del poder atómico, lleva a cualquiera a arrastrar de la mano a un dios gigantesco con manos de fuego.
El ser humano se delata en estos pequeños detalles. Detalles tan banales como tener la vida de millones de personas en las manos, y tomárselo tan a la ligera como pueda ser la ingesta de un helado en estos días de canícula. La evidencia de nuestra inacabable crueldad se manifiesta constantemente en todos los niveles. Si los dirigentes de cualquier país se dedica a estos menesteres belicosos, o a otros no tan altisonantes, pero del mismo cariz, y de parecida efectividad, por imitación ¿Qué harán sus ciudadanos? Amparados por esa imagen pública e internacional, aplicarán medidas drásticas, en el propio seno de sus familias, en sus comunidades y pueblos, sembrando de odio la cotidianidad más sencilla.

¿Es acaso esa la semilla que ha de florecer? Si de cada diez personas, ocho están de acuerdo con sus gobiernos sin un criterio sensato, que vaya más allá del costumbrismo diario. ¿Qué podemos esperar del futuro de nuestra raza? Las ganas de que cambiáramos siempre estuvieron ahí. Este es tan buen momento como cualquier otro. ¿Porqué no empezar entonces? Los tiempos están avisando, los seres humanos se mueven a la vez en diferentes partes del mundo, siguen sin querer oír, ni ellos, ni el resto de los que se esconden en sus casas.
Pudiera ser que esta vez, el tiempo no esté de su parte.

Yorick.

Homenaje al 15M



Uno de los carteles de la puerta del Sol en Madrid.

Aquel rey

-Vosotros lo que queréis es enterrarme y plantarme un pino en la barriga.
Estas son palabras pronunciadas por el rey, hace unos días, ante unos periodistas que le preguntaban por su salud.
El monarca, abrumado tal vez por una presión mediática que espera ciertamente su fin, con idea de llenar páginas y páginas, e informativos, programas especiales, y en definitiva, horas y horas de televisión. Se rebotó, ante la persona que inocentemente le lanzó la pregunta.
La frase que llega hasta mí, a través de los medios, me provoca alguna reflexión, que expresaré directamente al interfecto:
En realidad, majestad, me importa un bledo su salud, esto, ante su sorpresa tiene una explicación; Que no es otra que la desafección profunda que profeso hacía su persona y hacía la institución a la que representa. Si por el contrario, me viera obligado a explicar las ideas que se me ocurren con respecto a su fin, tenga muy presente que estas estarían muy lejos a limitarme a esperar el fin natural de sus días, y al gesto inocente de plantar un pino sobre el finado, osea, sobre usted mismo.
Le explico:
Como usted comprenderá, mi vida, mi existencia entera, está muy lejos de rendirle ningún tipo de pleitesía, ni de respeto. Yo no soy más que otro esclavo más, otra oveja de este redil, condenada desde el día de mi nacimiento, a no salir jamás de la misma prisión que usted regenta. Pretender pues desde su parte, que le tenga algún cariño, comprenderá que sería tremendamente estúpido por mi parte, que significaría que yo, como persona, soy absolutamente inepta, y que reniego de mi capacidad de raciocinio, a la que en tan alta estima tengo.
Esperando la comprensión de este punto por su parte, apelo a su entendimiento para aceptar sin rencor que yo me sonría abiertamente, soñando con su fin, con el de su familia, y con el de su casta entera. Sin entrar en detalles, sobre los medios para conseguir ese fin que se me pudieran ocurrir, digamos...un día cualquiera.
Después de confesarme abiertamente con usted, espero comprenda, la próxima vez que se vea soliviantado de pensamiento, ante alguna pregunta, digamos incómoda, piense, antes de contestar, que diñarla de forma natural, es lo propio, y visto como está el patio, una suerte, porque, de haber tenido ocasión, tenga usted por seguro que me hubiera encargado gustoso del asunto por medios menos plácidos. Aun así, la única esperanza que me queda, como resentido, y desagradecido que soy, es, que la naturaleza le regale una agonía lenta en un entorno infecto y rodeado de esa escoria médica que le secunda sin duda. Emulando a su benefactor, aquel hombrecillo, defenestrado hasta el alma por tubos, y medicuchos, intentando hacer posible lo imposible, mientras otros a su sombra, se encargaban de atar los cabos bien atados.
Sin más, ya le digo, espero pacientemente que el tiempo, me regale una satisfacción esperada desde siempre, luego todo seguirá igual, pero...convendrá conmigo, que vivir estas cosas tiene su punto ¿No?

el reverendo Yorick.

Elogio de un invento maravilloso: El Búcaro

Hace unos cuantos años, cuando yo era niño, y en aquel Sur, climaticamente despiadado donde nací. Había en todas las casas un objeto, que aunque inanimado, podría decirse que era un miembro más de la familia. Me refiero al Búcaro, botijo, o pipote. En un tiempo en el que un aparato de aire acondicionado era un lujo inalcanzable, y que a lo más que podían aspirar algunas familias era a un vetusto ventilador, cuya función única era remover el aire caliente. Donde las neveras estrechas apenas si permitían la cabida de alimentos y su poder enfriador era bastante discutible, como para tener un jarro de agua fresca, la presencia de un búcaro era inefable en cualquier sitio. Se oye a menudo la frase: Es más simple que el mecanismo de un botijo. Nada más lejos de la realidad. Un recipiente cerámico introducido por los árabes, capaz de bajar la temperatura del agua hasta 17 grados, cuyo secreto está en la sudoración de la arcilla, y en la posterior evaporación de esta. Recuerdo bien a mis padres, cuando llegaba un búcaro nuevo a casa, el cuidado que ponían a la hora de llenarlo la primera vez, para que ninguna gota de agua tocara el exterior. Había que esperar a que él, por si solo comenzara a transpirar, solo así se garantizaba su perfecto funcionamiento. Entonces se colocaba un pequeño encaje ajustado a la boca, y en el pitorro un trozo de madera tallado, y atado al cuello de este.
En el pueblo originario de mi madre, Huevar del Aljarafe, existía aun otro ritual más complejo alrededor del búcaro: La casa de mi abuela, carecía de agua corriente, y del pozo que había en el corral, se decía que su agua no era potable. Así, que los niños de la casa, mi hermano mayor y yo, eramos los encargados de ir cuando hiciera falta a llenar el búcaro. El lugar al que acudíamos era una plaza cercana dotada con un pozo y su abrevadero para animales correspondiente. A su lado, uno de nuestros sitios mágicos de aquel pueblo: El kiosco de Eugenio. Aquel hombre anónimo calado siempre con su sombrero cordobés. Cada vez que conseguíamos alguna peseta corríamos hipnotizados a aquel kiosco repleto de fantasías para los ojos de los niños. Los sobres de Montaplex, con sus soldados y cachivaches, golosinas y juguetes baratos que nos atraían como la flor a las abejas. Y al lado el pozo de agua fresca y brocal misterioso al que siempre acudíamos a beber, directamente del cubo metálico en nuestras correrías por el pueblo. La presencia familiar de las avispas aplacando el calor era otra constante de aquellos pozos.
Otras veces, mandados por nuestra madre o nuestra abuela, acudíamos a la casa de Rogelio a rellenar el búcaro. Rogelio era un señor mayor, escondido siempre tras unas gafas oscuras, a pesar de la proximidad con la casa de mi abuela, el agua de su pozo si que era potable. Este hombre misterioso y poco dado a la vida en la calle, era "cantaor de saetas" Unos cuantos años más tarde tuve la ocasión inolvidable de verlo cantar en una semana santa, y ante el silencio respetuoso y apabullante de todo el pueblo.
El agua de su casa, a mí no me gustaba tanto, y la seriedad reinante me hacía preferir el bullicio de la plaza donde estaba el otro pozo.

Poco a poco, y con el paso de los años, la presencia del botijo fue desapareciendo de todas partes. Los camioneros, que antaño se hacían soldar un soporte para el botijo en los chasis de sus máquinas, cambiaron estos por bidones de plástico. En los bares, un grifo junto al de la cerveza, hacía pasar el agua por el enfriador de esta, y el objeto cerámico fue dejando su lugar de privilegio en la barra. En las casas, la llegada de neveras más grandes, dotadas de congeladores independientes, posibilitó que estas se encargaran del enfriamiento del agua. Solo en los pueblos, tal vez por tradición se siguieron conservando los botijos durante algunos años.

Hoy día es difícil encontrarse con alguno. En los lugares más calurosos del Sur, aun se siguen viendo, y también en muchas obras, donde las botellas de agua compradas se calientan rápidamente y no tienen nada que hacer frente a la magia de un búcaro.
Hace unos meses en un periódico se hablaba de este maravilloso invento, e incluso se decía de unos científicos que habían desarrollado una fórmula matemática para diseñar un botijo redondo. Son noticias banales que me hacen sonreír, que le pregunten a cualquier Alfarero del Sur de España, o de Marruecos, si saben algo de ecuaciones matemáticas a la hora de fabricar un búcaro, que observen si en su taller, junto al torno existe una pizarra plagada de números.
Muchas veces, en muchas ocasiones de la vida, el ansia de poder explicar todos los fenómenos por el ser humano nos acerca peligrosamente a una profunda estupidez.
¿Acaso se puede explicar a través de las matemáticas que varias personas esperando turno para echarse un trago de agua fresca de un búcaro entablen amistosamente una conversación?

el reverendo Yorick

El caballero, la muerte y el diablo




Me cruzo con esta imagen fortuita, impactante. Que destaca por su realismo sobre otras esculturas que también adornan la catedral. Las manos hábiles de un cantero inmortalizaron quizás sin ser consciente de ello el drama diario de nuestro mundo.

Sin poder evitarlo, la escultura me recuerda inmediatamente otra obra de arte, el grabado de Alberto Durero: El caballero, la muerte y el diablo. Y sin poder evitarlo también, las reflexiones que me provoca me traen a la memoria las que otrora hiciera Jean Cau sobre el grabado de Durero. Y con su permiso ordenaré mis pensamientos como él hiciera en su libro. Hablando de cada elemento que componen la escultura:

-El Caballero:

El caballero está representado aquí, por un joven obrero, que cansado de la existencia que lleva, de ver morir a los niños de tuberculosis o hambre, de ver consumirse la vida de su esposa y la de él mismo por la miseria. Hartos de trabajar de Sol a Sol, mientras a su alrededor otros se derrochan en aburrimientos caprichosos sin importarles el devenir de esa masa de obreros que malviven en el extrarradio, trabajando en condiciones infrahumanas. Decide, iluminado por las ideas que vienen del este, ideas que hablan de igualdad, de la desaparición de los amos y los privilegios, de tener una vida digna, que ha llegado la hora de cambiar una cosa por la otra, y como un personaje de la novela: Icaria, Icaria de Xavier Berenguel, se reúne por las noches con otros como él, y allí planean, como y donde será el atentado que los liberará de una vez por toda.
El obrero se ofrece voluntario. Sabe bien que probablemente no saldrá vivo de allí. Si la bomba no lo mata, lo hará la policía, creada para defender a los ricos y sus privilegios. Pero está convencido de que si triunfa, si el atentado sale bien, todos se darán cuenta de que la bomba es el grito desesperado de un pueblo que se desangra vilmente. Y que entonces las cosas cambiarán, y su sacrificio no habrá sido en vano. Pues aunque él muera, sus hijos, y todos los demás sobrevivirán y vivirán mejor.

En su inocencia no contempla que el mundo no está hecho así por casualidad. Que su sacrificio si será en vano, y que con él llegará una ola de represión que se llevará por delante a otros muchos, en busca de un orden inspirado en el terror. Aunque tal vez en el fondo de su ser, en sus pocas letras, intuya que no funcionará, pero del mismo modo, es lo único que le queda: el grito. Un grito de rabia contenida mucho tiempo. De un dolor escondido durante una vida, y que por si mismo, ya justifica la tragedia que está pronta a ocurrir.

-La muerte:

La muerte está aquí representada por la bomba. Una bomba Orsini, reconocible por la multitud de detonadores que recubren su carcasa. Un invento mortífero, que lleva la destrucción allá donde se presente. En las manos de unos obreros llenos de rabia se puede saber fácilmente cual será su fin, el destinatario que falta en la escultura: Una carroza real, un ministro de gobernación, un alcalde. Una autoridad en definitiva, que ponga cara a las desgracias del pueblo.
La bomba puede que fuera encargada pensando en ellos, fabricada bajo las mismas premisas, y engendrada con ese solo objetivo. Ella por si sola es un objeto pasivo, que no razona, ni entiende de desigualdades, su única misión es explotar. Donde sea y como sea no tiene importancia, para una realidad explicada con una formula física. Y el mal que genera no tiene que ver con las manos que la transportan.


-El diablo:

La presencia del diablo en un edificio consagrado a la cristiandad, es lo único que justifica la existencia de los otros dos elementos de la escultura. Sin él, sería imposible que a alguien se le ocurriera tallar a un terrorista portando una bomba. Solo la moralina cristiana atenta a todos los hechos que ocurren en la realidad se encarga de maquillar esa realidad para adoctrinar al pueblo. Para querer explicar sin palabras, a través de las imágenes, que ese hombre ha sucumbido a la tentación demoníaca, que se ha apartado del camino recto impuesto por Dios.
Representar al diablo como un viscoso reptil, con rostro humano, es otro de sus burdos trucos para aterrorizar al incauto. Intentando siempre marcar la diferencia entre el bien y el mal, y bajo sus prerrogativas del bien, esclavizar a millones de personas con la amenaza de la condena eterna. Y la promesa no menos burda de una vida eterna en el paraíso. Y mientras eso llega hay que pasar la vida, aceptando cualquier sufrimiento sin rechistar, aceptando que es ese Dios compasivo el que pone a cada cual en su sitio.



Este es, como decía al principio, el drama diario del ser humano, el enfrentamiento constante de unos contra otros. Unos empeñados en dominar, y otros dejándose dominar por sus hermanos, hasta que cíclicamente no pueden más y estallan, y llegan las muertes, la represión, la infamia y el horror. Y una vez vuelto todo a la normalidad, o sea el orden inamovible, todo empezará de nuevo, hasta que en un futuro vuelvan a darse los ingredientes para una nueva revuelta y empiece todo de nuevo. ¿Qué otro camino nos queda? Solo seguir y seguir, esperando que alguna vez y como decía la canción, la tortilla se vuelva.


Yorick.

el cobarde

Siento un peso en la conciencia. Cierro unos ojos imaginarios para no verlo, para que me deje en paz y no me atormente. No lo consigo, a veces lo engaño, pero no consigo que desaparezca, me persigue y acosa cuando mas débil me siento. Ahí me ataca y me debilita. Me cuesta recuperarme de sus golpes de mano, como un guerrillero experto se cuela entre mis argucias infantiles desplomando mis tontos argumentos y mis débiles defensas. Se bien que no parara, hasta que me enfrente a él, hasta que reconozca el engaño al que me someto en un proceso de auto-anestesia, auto-complacencia, auto-eutanasia vivencial. Cuantos nombres tiene la cobardía. Para esto sirve la riqueza del lenguaje, para maquillar la verdad, nombrando lo evidente de numerosas formas distintas que confundan una realidad vergonzosa.

Soy un cobarde, aunque todo el mundo diga lo contrario. Todos admiran mi valor en el combate, mi temple ante el peligro, mi resistencia ante la adversidad. Pero no advierten que en el fondo soy un cobarde. Huyo de la realidad, negándola, no queriendo ver que soy el esclavo de un tirano, su brazo ejecutor, que mantiene su tiránica ley con fuerza. A través de mi, un mal nacido, mantiene un imperio levantado con miedo, con una arquitectura de los horrores, esclaviza a su pueblo. Y yo soy su paladín. Ocultándole al mundo que en realidad lo odio con toda mi alma. En lo mas oculto de mi cabeza se fraguo la idea de acabar con su reinado oscuro, pensé en decapitarlo y arrojar su cabeza por una ventana del castillo en dirección a la plaza del mercado. Pero no me atrevo. Oculto ese pensamiento donde no me acose, pero no lo consigo, y tampoco me atrevo a llevarlo a cabo. Por eso soy un cobarde.
Reniego de ese pueblo sometido al que pertenezco, reniego de los que me vieron nacer, que se esconden atemorizados cuando atravieso las inmundas calles de la villa, subido en mi caballo negro, que arrolla al infeliz que se cruza en su camino, pues las batallas han desquiciado su cabeza, tanto como la mía. Mientras el tirano detrás se sonríe del miedo que le profesa su pueblo, a sabiendas de que mientras yo mismo, y otros como yo le hagamos permanecer donde esta, nada tiene que temer.
Por las noches, en el tormento de las horas oscuras, no duermo. Mis pensamientos me acosan denunciándome implacablemente. Mi propia sangre parece hervir dentro de mi cuerpo, como si quisiera escaparse de semejante ser. En las noches terribles padezco el miedo que me tengo. Aterrorizado deshago camas, que he llegado ha arrojar por las ventanas de mi estancia, ante el gozo de los que piensan que lo hago por diversión. Mi fama de salvaje provoca la satisfacción de aquellos a quienes sirvo, y a quienes yo no me atrevo a ejecutar.
Por eso mi locura se desata en la batalla, por eso busco la muerte cada vez que desenvaino la espada, esperando que una hoja fortuita aseste el golpe definitivo que acabe con tanta cobardía, y que por lo menos el tiempo y el olvido apacigüen tanta vergüenza.


el reverendo Yorick.